Lo que quedaba por decir (letting my past go away for a single future)
Hola, Juan:
Espero estés bien, tranquilo, contento. He decidido escribirte para pedirte mi cuaderno.
Había deseado escribir este correo electrónico desde inicios de este mes, pero no me había dado el tiempo para sentarme y poner mis ideas en orden.
Hace ya casi dos años de todo lo que - en vida real, chilanga - hubo entre nosotros (¿será algo cíclico esto de hablarnos pasado un bienio?) El tiempo ha servido, hay distancia suficiente entre el Manuel que te hablaba en ese entonces y el Manuel que te habla ahora.
No hay explicaciones que pedir: ya todas me fueron dadas. No hay rencores: nunca pudo haberlos.
He comprendido lo que hubo entre nosotros. He entendido que lo nuestro sencillamente no se dio (no pudo darse). Rarezas y conflictos aparte, todo lo sucedido me ha ayudado a crecer como persona. Creo que ahora soy diferente: valoro más mi parte emocional, y la valoro por escasa (escasez a la que decididamente contribuyo). Ya no siento tanto (tengo miedo a sentir), ahora ya no dejo que las cosas me afecten (me sientan) tanto como en ese entonces. Es cierto que era un adolescente en ese entonces (en muchos aspectos no lo dejaré de ser nunca): y primerizo adolescente homosexual, para más señas. Hubo muchos problemas, pero lo que resalta verdaderamente - a la luz plateada del tiempo - es que fueron los primeros en una larga serie de trances que aún están por venir.
Ser gay no es nada fácil. El orden heteronormativo (o bien, la simple sociedad) impide eficazmente que nos sintamos bien del todo. He tomado ya ciertas decisiones, ciertos ejes han cambiado en mí: en la medida en que la vida que llevo me lo permita, seré yo mismo.
Ya no le hablo a las personas con la intención de hacerme su semejante: nunca lo seré. No me comprometo con nadie: no puedo vivir una mentira y pretender que podré amar y entregarme fácilmente. No hay hombre alguno en mi pasado reciente que pueda arrogarse la condición de “amado” mío. He construido murallas en torno a mí (por los próximos tres años, cuando menos): el único camino posible para salir de esta situación es el que ya me he trazado.
Cuarto semestre de Economía, cuarto semestre de Alemán y Francés, trabajo como asistente de investigador (http://www.dusselpeters.com/), muchos proyectos por delante: no tengo el tiempo ni el espacio suficiente para alguien en mi vida. Crear la oportunidad me resultaría terriblemente oneroso para la (aún precaria) estabilidad que he alcanzado.
Limitado mi círculo de acción, existe en mi vida una economía de amistades y relaciones (en donde predominan la elección y la escasez): en un mundo que se opone tan ferozmente a mi existencia, encuentro que la única manera es replegándome en mi gente, la única que sabe de mí y me acepta como tal. Con ellos ya no hay apariencias que guardar. Pocas personas nuevas se han añadido: quien me busca me encuentra, pero pocos buscan... Basta con los que ya hay.
Y sin embargo... sigue siendo difícil. Mi rostro es - al fin mexicano, diría Octavio Paz - un rostro de máscaras. Nunca terminaré de conocerme, nunca terminarán de conocerme. Me veo, y lo que veo no me gusta. Me encuentro, y no termino de encontrarme, no acabo de desagradarme y me regodeo en lo que me desagrada...
Es por eso que tengo que salir. No será simple y graciosa huida: todo empieza a estar planeado - no habrá boleto de regreso, al menos por veinte años. Primero, la maestría en Alemania. Luego, el doctorado. Y de ahí, un trabajo... mais je veux travailler dans quelque autre pays que le Mexique, quelque autre région que l’Amérique Latine . J’ai assez du Mexique. Il faut que je apprenne une chose: á bien vivre ma vie. Et ça n’est pas possible ici.
Eribon: “Sin duda hay todavía una fantasmagoría del «allende» en los homosexuales, del «otro lugar» que ofrecería la oportunidad de realizar aspiraciones que por tantos motivos parecían imposibles, impensables, en el propio país”. Me es difícil entender a los gays que de motu propio se establecen en sus lugares de origen. Tarde que temprano, todos terminamos (y terminaremos) huyendo.
¿Quién me acompañará? No sé. Es lo de menos. Será el más egoísta de mis actos. No obstante, lo encuentro tentador: será MI acto. Es mi imposición a la realidad, algo así como el giro inesperado en la historia... Sólo es cuestión de desearlo de verdad: la prueba máxima que demuestra la infalibilidad del deseo es que iré a Alemania este verano (para luego regresar y terminar de irme).
Tengo pocos y deliciosos amigos (hombres, mujeres); amigos gays, aún menos. Me procuraré algunos más... pocos. Henning Bech: “Estar con otros homosexuales permite verse a uno mismo en ellos. Permite compartir e interpretar la propia experiencia”. Eribon: “Se trata de poder ser [con ellos] lo que uno es sin esconderlo, aunque sea algunas horas a la semana y con un número selecto de personas”.
Alguna vez mi madre me dijo (¿en vigilia? ¿en sueños?): “Vete”. Una amiga: “¿A qué te quedas?”. Otra: “Debes sentirte muy solo para decidir irte”.
Hacer mutis será una oportunidad para reinventarme.
Hasta entonces, paciencia. No tengo más remedio. Los plazos están dados. No puedo reventar... tendré que evitarme las piedras en el camino, rodeándolas, aplastándolas. Estar fuera del armario con mi madre es algo problemático: sería mucho más fácil si ella no supiera... pero no hay marcha atrás. Es terrible: sólo un homosexual tiene el dilema de decir o no decir lo que es. Sólo por oposición un heterosexual se ve enfrentado ante esa disyuntiva: lo suponen hetero hasta prueba contundente y nefanda en contrario. Nuestra existencia y visibilidad no sólo nos exhiben a nosotros: también definen a nuestros inquisidores particulares.
Mis lecturas me han llevado (devaneándose casualmente unas con otras) a la noción de la sociedad estudiada desde perspectivas discursivas. La Dra. Deirdre McCloskey en economía, Michel Foucault, Gustave Flaubert, Immanuel Kant, Salvador Novo y Carlos Monsiváis... Pero ninguno (ningún libro en estas vacaciones) como Didier Eribon.
Creo con él que al principio de toda nuestra existencia (gay, por supuesto) está la injuria. La injuria no es sólo una palabra: “chisme, alusión, insinuación, comentario malévolo, rumor, broma, inflexión de voz, mirada divertida u hostil...” La injuria es una forma que adopta la lengua en su función nombradora: regula y censura nuestra existencia. “Un gay aprende su diferencia merced al choque de la injuria y sus efectos, el principal de los cuales es sin duda el percatarse de esta asimetría fundamental que instaura el acto de lenguaje: descubre que soy una persona de la que se puede decir esto o aquello, a la que se le puede decir tal o cual cosa, alguien que es objeto de miradas, divagaciones, y al que esas miradas y divagaciones estigmatizan. La «nominación» [acción y efecto de nombrar] produce una toma de conciencia de uno mismo como «otro» que los demás transforman en «objeto»”.
La situación que nos define es que “la injuria me dice lo que soy en la misma medida en que me hace ser lo que soy”. Entonces resulta que aprendemos a “negociar a cada instante la relación con el mundo que nos rodea”. Cuando fallamos, sólo encontramos intolerancia, rechazo y hasta agresión. Nuestras vidas están marcadas por ese hecho: “acosados en la vida cotidiana (por la injuria, la burla, la agresión, la hostilidad ambiental” sólo queda “buscar los medios de huir del ultraje y la violencia”, que obligan “a disimular lo que somos o a emigrar hacia climas más benignos”. Una de dos opciones, a saber: aprendemos a vivir engañándonos (a sabiendas que a ojos de los otros ni nuestros mejores intentos podrán evitarnos la pregunta incómoda: “¿te gustan los hombres (eres puto) o por qué no tienes vieja/novia/esposa?”) o huimos. Yo no podré vivir aquí pensando (i) en mis padres, (ii) en mi familia, (iii) en el qué dirán de mí, (iv) en la sociedad mexicana (me da hueva, prefiero pensar por los franceses, los alemanes o los norteamericanos, al menos me resultarán desconcertantes). Mi vida (y me atrevería a decir que la tuya y la de todos nuestros pares, los miembros del gremio) es una vida diferida: “[la vida gay] sólo comienza cuando el individuo se reinventa al salir de su silencio, de su clandestinidad vergonzante”.
En el proceso de hacernos (nosotros mismos y los demás) sujetos (entes con voluntad individual y seres limitados por los otros), surge “la voluntad, ya presente antes de toda decisión consciente, de resistirse, de huir. De elegirse a uno mismo”. Heredar es elegir, según Derrida, y mi ciencia (uso romántico y en añoranza no conocida del término) me dice que elegir es renunciar. Nuestras infancias y adolescencias son “anormales”: nunca terminaremos de borrar de nuestros cuerpos la sensación pasada de vergüenza y complicidad, al saber que éramos diferentes y que éramos eso que no debíamos ser (gente hay que se suicida, por nunca poder superar esta situación). Era nuestro secreto. (¿Cómo no iba a afectarnos sobremanera un secreto llevado en nuestras almas tanto tiempo?) Quién si no Proust para hablar a nombre de todos: “Raza sobre la que pesa una maldición y que tiene que vivir en la mentira y el perjurio, porque sabe que su deseo es considerado castigable y vergonzoso; hijos sin madre, a la que se ven obligados a mentir toda su vida e incluso a la hora de cerrarle los ojos”.
Todo lo cual, según Eribon, conduce a que los gays jóvenes tengamos “una cierta práctica del silencio, del disimulo, y produce acaso rasgos psicológicos muy particulares por los cuales los homosexuales han sido definidos en la literatura o en el cine (hipócritas, mentirosos, traidores), que remiten, por supuesto, a la percepción homófoba de la sexualidad, pero asimismo a determinadas realidades producidas por la homofobia y la disimulación de uno mismo que ella implica y que sería absurdo negar. En todo caso, las infancias gays han sido fundamentalmente cómplices del secreto, y eso no puede por menos de causar efectos profundos y duraderos en su personalidad”.
Y abrazar el estilo de vida homosexual - de existir - es lo único que nos puede liberar. Hemos (habremos) de aceptarnos, de huir, de crear redes de amigos, de vivir medianamente, a gusto, de amar en libertad, a ojos vistos, sin el temor que nos oprime el pecho todos los días.
Pues bien, esto es lo que ha ocurrido en mi vida desde la última vez que hablamos. El devenir cotidiano es irrelevante para este correo. Poco importa el segundo piso que limita mi unidad, en la Ciudad del Drenaje Profundo, lo catárticos que son Björk y Sigur Rós, el maremoto en Asia, L. Bendesky o mi pasión redescubierta por las noches de sábado en la Sala Nezahualcóyotl. Comparto contigo lo escrito, esto que he rumiado últimamente - porque a la vez, lo comparto conmigo mismo...
Te pido entonces mi cuaderno.
Sólo tú sabrás si escribes o no escribes. Quedamos en los mejores términos posibles... recuérdalo. Habías quedado de enviarlo por algún servicio de mensajería... así será mejor. No confío mucho en el Servicio Postal Mexicano. Un último favor: ¿podrías enviarme un mensaje o llamarme para saber que “el paquete viene en camino”?
Hasta que la vida (como estoy seguro, puesto que todo es círculo y a los extremos se les hace juntarse) nos vuelva a reunir.
Te abraza, tu amigo
Manuel

0 Comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]
<< Página Principal