¿Sabes una cosa?
And if you have no other choice,
you know you can follow my voice,
through the dark turns and noise
of this wicked little town
- "Hedwig"
El viernes (en la mañana más fría que ha habido en la Ciudad in ages) Javi y yo completamos el último trabajo del curso de Economía Regional y Urbana, impartido por el siempre severo (y al final no tan bueno) Maestro Norman Asuad Sanén. Los dos nos hartamos: determinar el impacto de la apertura de la economía mexicana sobre el desarrollo económico de la región Noreste ya parecía (transcurridas las exiguas vacaciones) tarea innecesaria y por lo mismo incómoda. Nos vimos en el Starbucks Galerías Insurgentes. Javi llegó con su amigo Carlos; yo con la pesadez propia de un zombie ocasional que ha olvidado como aguantar la noche en vela (sólo dormí cuarenta minutos). Mientras Javi escribía las conclusiones yo sorbía lenta pero seguramente mi Venti del día (a $19 esta semana, aprovechen, hijos de Proust). Javi me llevó luego a CU: mientras leía correos y blogs imprimí las veintidós hojas del castigado trabajo en Supranauta, un café internet cercano a la Facultad. Tras pelearme con la memoria de la pésima impresora de inyección de tinta y engargolarlo, entregué el trabajo con la secretaria de los cubículos de los profesores de licenciatura. Ciudad Universitaria está vacía: resulta hasta deprimente y pavorosa, todo a un mismo tiempo. Pocos empleados, el restaurador abrazo de mi queridísimo Doctor Ibarra (que por cierto no perdió tiempo y aprovechó para invitarme a trabajar cuando yo quiera Historia Monetaria en su equipo de trabajo) y la nula presencia de mis compañeros de cubículo en el Posgrado me pudieron demasiado, amén de los estornudos ininterrumpidos por la abundancia de polvo en la oficina de Dussel Peters. En fin. Quedéme un rato más: esperé y platiqué con Anayatzin (entrañable compañera de intercambio, una de las michoacanas que llegaron este semestre a la Uni) quien ni tarda ni perezosa confió en mí para contarme sus saludables y sensuales experiencias al lado de su colombiano querido en un santuario de la mariposa monarca (¡Qué envidia!) y en Barra de Potosí, una playa a cinco minutos de Zihuatanejo (baby, we ought to go there). Las manifestaciones de mutua, escandalosa y sabrosa alegría encontraron su fin en los severos golpes en la pared provenientes del cubículo al lado del Dussels Büro (Perrotini, of course). Moderando nuestra efusividad, seguimos platicando un poco más. La acompañé a la Facultad, me reencontré con su gracioso y amable colombiano, y los dejé en la ahora vacía entrada de la Facultad de Economía.
Regresé a mi cubículo, tan sólo para recuperar el eficaz medicamento contra el herpes labial Zovirax, y salí apresuradamente. CU es un lugar desolador y solitario en el periodo intersemestral: no conviene quedarse mucho rato, bajo pena de pensar demasiado y luego deprimirse. Regresé a casa. Mis padres y mi hermana hicieron convenientemente mutis: visitarían a una tía enferma y le llevarían un pay de mora azul, postre que es la especialidad azucarada de mi madre. Ni tardo ni perezoso, tan pronto como se fueron (calculando tres horas de ausencia mínima) esperé a mi novio, para que conociera (y mancillara conmigo) mi cuarto. Mi baby llegó tan rápido como pudo: en el camino a mi departamento le enseñé la plaza amarilla y el ambiente distendido y tranquilo que se respira en la unidad habitacional. Nos besamos en el lobby. Entró cierto vecino (debe ser nuevo, nunca lo había visto) y no pudimos besarnos en el elevador. Piso tres. Busqué nervioso las llaves. Derrumbamos la primera puerta, y mi chico pudo ver la más bien kitsch decoración navideña que engalana las paredes de la sala y el comedor en el maratón Lupe-Reyes. El árbol de Navidad fue mudo testigo de nuestros primeros abrazos y besos afanosos. Mi chico había llegado a casa. Entramos a mi cuarto, repleto de libros, de botellas de cerveza vacías, de afiches de Van Gogh y de cosas varias. Mi baby no daba crédito: había entrado victorioso al imperio de Medea, que, ni tarda ni perezosa, lo tumbó en la cama individual y desvistió dos cuerpos convulsionados por lo inesperado y circunstancial del momento. La providencial participación de de algún transformador defectuoso de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro ayudó a apagar la luz, en momentos en los que reconocíamos tierras en las que ya habíamos departido afectuosamente. Sudor en una tarde fría, el olor de mi chico en la almohada, su consoladora presencia después de un cortejo trasatlántico y cibernética, el poster de Utagawa Kunisada despegándose de la pared y cayendo, irremediable, al piso, la charla en la cama los dos desnudos después de que todo hubo terminado y la ducha que compartimos después de nuestro amoroso embate son para mí los mejores recuerdos de esa tarde que en nosotros devino noche. El se secó con mi toalla azul de Ikea, yo con la nada infantil toalla de Tigger subido a la barriga de Winnie-the-Pooh. "Y yo que pensaba que tendría que esperar al Posgrado para invitar a un chico a mi cuarto", le dije, feliz porque tal profecía no estaba destinada a cumplirse. Nos arreglamos (secarlo y vestirlo es ya una de mis actividades favoritas) y bajamos las escaleras, al frío de un día de Reyes que nosotros nunca sentimos: estábamos juntos, la vida había decidido reunirnos y nos congratulábamos de tan maravilloso (y a fin de cuentas improbable) encuentro. Fuimos al Vips enfrente de casa. Nos asignaron una mesa alejada de todo (y de todos): sin vecinos dimos cuenta de la rosca de Reyes con chocolate Mayordomo , de las generosas tostadas de pollo y de nuestras Coca Colas. Me saqué el niño: luego tendré que invitar a la tamaliza... Salimos con tiempo. Tras una parada en el cajero HSBC cerca de la Preparatoria 8, tomamos Barranca del Muerto y el distribuidor vial con salida a la colonia Nápoles. Tras deambular por las calles cercanas al World Trade Center, salimos otra vez a Viaducto Río de la Piedad y continuamos, hasta doblar en Insurgentes, con destino a la Colonia Roma. La camioneta de mi chico ya no tenía más que la reserva de gasolina; no obstante, cumplió cabalmente su función como medio de transporte hasta llegar a la Sala Chopin. Mi baby y yo habíamos acordado, tras la lectura de la revista Tiempo Libre, asistir a una obra de teatro titulada "El método Grönholm" (que él ya había visto película), y contando con un pase de descuento, acudimos contentos al edificio situado en Álvaro Obregón de singular y novísima arquitectura. Comprados los boletos (y jugando un rato a subir y bajar escaleras y elevadores), esperamos a que la solícita acomodadora nos llevara a los lugares en la estupenda sala de original y bonaerense diseño (a decir de mi baby). La obra se recomienda ampliamente: las deleitables actuaciones satirizan efectivamente las inhumanas técnicas de selección de personal de altos vuelos llevadas a cabo por psicólogos industriales sin escrúpulos que gobiernan hoy en día las prácticas de contratación del mundo corporativo globalizado. El público se divierte y conmociona in extremis. En Anáhuac hacía frío, y mi chico y yo (ahorrados los treinta pesos del valet parking ) fuimos a una gasolinería, para luego continuar con un tour por Reforma y la Zona Rosa, subidos en su camioneta, manos juguetonas, esperando un rato a que el médico legista ( really?) le diera a mi baby el visto bueno del alcoholímetro en el Ángel / la Victoria, admirando la navideña decoración de los árboles a lo largo de toda la avenida de mexicana inspiración à la Champs Elysées, gozando como nunca de la música de Shakira y Amaral. Era ya sábado, madrugada y hora de regresar a casa: mi baby me llevó a las Torres de Mixcoac, no sin antes fijarnos en el inusual tamaño de la luna que atestiguó nuestras primeras muestras de amor, a un océano y siete horas de distancia y diferencia. El timing y la iluminación fueron perfectos. La paleta de colores variaba del negro al blanco: éramos filme en blanco y negro, pues. La calle entre el Wal*Mart y las Torres atestiguó los besos más tiernos de mi vida, una semana después de haber pasado nuestra primera noche juntos.
El sábado desperté para desinstalar el servicio de Prodigy Infinitum en casa de la señora Lanz. La señora Lanz es una querida alumna de aquellos (no tan lejanos) días en los que yo era profesor de computación, de vida interesante y ligadísima (por derecho y familia) al periódico El Universal. Melón frío, galletas Oreo, Coca-Cola helada y dicharachera y grilladora conversación con mi querida amiga de poco más de medio siglo de vida matizaron el hecho de que Telmex no cancela telefónicamente sus servicios las maañanas de los sábados. Salí, al atronador frío de Polanco que interioricé eficientemente (mis manos eran témpanos a la deriva en el mar de Behring): siempre es una delicia caminar un kilómetro en calles tranquilas que dan al edificio Omega, a la embajada de Francia y al Hard Rock Café. Algunas vacas del Cow Parade que no había visto antes se interpusieron en mi camino a Metro Auditorio: destaco singularmente la célebre vaca de derrochadora y jet-setera inspiración patrocinada (no me sorprende) por Paris Hilton Fragrances . Llegué a casa: no hubo nadie hasta la hora de la comida. Una llamada telefónica de mi baby bastó para sacarme del sabatino letargo (curioso fue que el teléfono sonó y yo adiviné quién era). Un camión en Periférico hasta Altavista (y la conversación de dos hombres con sendas cervezas Modelo de lata y mojados hermanos en el gabacho, que no me hicieron más que recordar la histórica incapacidad de la economía mexicana para la generación de empleos bien remunerados), otro de Altavista a Insurgentes, para luego caminar de Insurgentes a Miguel Ángel de Quevedo. La Librería Gandhi (nuestro punto de encuentro) estaba a reventar: deambulé dos veces por toda la tienda, buscando infructuosamente al chico que devolvió la felicidad a mis ojos. Un mensaje suyo me facilitó encontrarlo. Pasamos harto tiempo en las gangas, viendo libros de risibles precios e inestimables contenidos. Decidimos comprar un libro de fotografías de parejas de Mariana Cook (orgullosamente cursis como estamos): tanto él como yo conseguimos un ejemplar de "Couples", que atrapó definitivamente el amor que nos embarga. Decidimos descansar un poco y agotar la sed que esclavizaba a nuestras gargantas: dos capuchinos fríos, una tarta de manzana y una sabrosa plática vis-à-vis después garantizaron que aquella visita a Gandhi fuera redonda y perfecta, la mejor y más significativa vez en la que compré y leí libros al lado de la persona a la que más admiro y quiero en la vida. Bajamos del tercer al segundo piso, a las secciones de novelas, ensayos, literatura universal y libros de texto. ¡Cuántos libros por comprar y tan poco tiempo para leerlos todos! Nuestras lecturas siguen rutas semejantes: a cada uno le interesa leer lo que no ha leído y lo que el otro recomienda. We picture ourselves, young adults in love, reading late until more than midnight, just to fall asleep in an everlasting embrace. Cuando entramos a la sección de discos y películas, me terminé por aceptar como cinéfilo ignorante: mi baby sabe TODO de cine, ha visto TODAS las películas que uno debe ver en la vida, recuerda la trama de TODAS y los chismes y añadiduras varias que corresponden a la filmación de cada una de ellas. El cine es, definitivamente, su pasión más grande. La brecha que nos separa en los cinematográficos líos me estimula a ver todas las películas que él ya ha visto. Lo admiro: no me apena en nada callar ante lo pródigo y lo prodigioso en sus palabras. Boquiabierto, sólo quiero reparar la ignorancia, sólo quiero salvar ese abismo que, a la vez, me atrae tanto de él. Para empezar la brega, compré el DVD de la película española " Segunda Piel", con Javier Bardem, Ariadna Gil, Cecilia Roth y Jordi Molla, que espero ver tan pronto mi padre me conceda nuevamente el derecho a usar su portátil en horario nocturno primetime.
Mi baby es con mucho la persona más inteligente y generosa que conozco. Me tiene prendido y prendado a él
Tras dar última cuenta de los libros del primer piso, pagamos en la caja, olvidamos el boleto de estacionamiento en la caja (más bien, la cansada cajera olvidó entregárnoslo de vuelta), vimos fotos de Jake Gyllenhaal convenientemente dispuestas en una revista americana de cine, y buscamos en vano un ejemplar del libro " The Ambassadors" de Henry James que conseguí en las mesas de gangas. El personal se revolvía inquieto entre la copiosa clientela, apurando a diestra y siniestra: la tienda cerraba a las diez de la noche. Era cosa que nunca me había ocurrido, y menos aún con alguien que no refunfuñara después de treinta minutos de hojear y ojear libros y más libros (la única medida de riqueza material que acepto sin chistar): mi chico y yo habíamos permanecido en Gandhi hasta la hora del cierre. Nunca había disfrutado tanto estar en una librería (ni siquiera en la surtidísima y enorme Taschen de Köln), nunca jamás me había gustado tanto estar con alguien en un lugar que es testimonio vivo de innumerables visitas en soledad y pesadumbre.
Mi baby me puede demasiado. El niño-hombre venido allende el mar me sorprendes, me intriga, me supera. Su amor es la más grande y la mejor de todas las respuestas.
Después de Gandhi (y de regresar con la cajera a por el boleto echado en falta), mi baby me llevó a la frontera imaginaria que divide sus rumbos y mis rumbos, cerca de la Central de Autobuses Sur. Decidió luego llevarme a su vecindario, confiarme sus secretos, darme prueba fiel de su pasado. Pasamos por su casa y por su primaria. Nos bajamos luego en el parque que lo vio inocente, pequeño y feliz, jugando con sus hermanos y con sus amigos. Subimos a una montaña, nos acostamos y vimos la negrura de la noche helada, el lejanísimo cinturón de Orión (los tres Reyes Magos que me trajeron al superhéroe que le hacía falta a mi vida), la luna (que brillaba blanca y eterna). Platicamos. Después de nuestra charla no me cupo duda alguna: nuestro amor será eterno. Love is immortal, for love creates something that was not there before . Mi baby será de las pocas personas de las que sepa hasta el día de mi muerte. Pienso honrar ese propósito cabalmente: mi novio no merece menos de mí.
Nos subimos abrazados a su camioneta. Fuimos a cenar a los tacos Copacabana. Desde su llegada al país, mi chico no había comido el platillo mexicano por antonomasia. Dos órdenes (una gringa y una de carne al pastor), cebollitas, aguas de horchata y tacos al pastor fueron nuestra deliciosa cena. Mi valeroso caballero me sorprendió con dos besos en la barra de la parrilla, a escasos centímetros del numeroso y (adivino) machista personal masculino que atiende el lugar. No podemos quejarnos: no nos trataron nada mal, y eso que nos vieron al menos en uno de los dos ósculos. La Ciudad de México se ha vuelto un lugar de tolerancia y respeto para todos: nuestra afectividad física no ha derivado en discriminación o agresión en ninguno de los lugares que hemos visitado. Salimos. Mi baby me llevó a casa. Otra sesión de besos y abrazos afuera de las Torres de Mixcoac redundó en mi inevitable deseo por probar su néctar. En eso estábamos cuando pasó (en rondín sabatino) una patrulla, cuyos ocupantes ni siquiera repararon en nuestra presencia. A petición mía, mi baby reclinó su asiento, facilitándome la gustosa labor, hasta que el retorno de los patrulleros nos detuvo. Los insuperables deseos por quebrantar cuanto reglamento de civilidad y buenas costumbres exista sólo tienen una explicación: el amor que siento por mi baby. No me importaba exponerme a una buena mordida, ni siquiera a contar en mi historial una falta administrativa, si ha de ser con él. Ni siquiera pasó por mi mente la posibilidad de que algo fuera a mal. En fin. Si bien no pude probar a mi baby (la mejor de todas las mieles) fue un momento intenso y apasionado, a unas decenas de metros de mi edificio. Con la prisa olvidé en su auto los libros que habíamos comprado.
El domingo desperté un poco tarde. Mis padres habían salido con mi hermana, no sé a dónde. Mi novio me llamó por teléfono, para avisarme que estaría libre toda la tarde. Colgó. Inmediatamente después el teléfono volvió a sonar. Era él. Ese detalle (llamarme dos veces) puede resultar muy cursi para algunos. A mí me mató. Y es que siempre me ha resultado notable cómo la vida de los hombres está hecha de detalles. No podemos recordarlo todo a un mismo tiempo. El hombre recuerda sólo algunos fulgores: lo insondable de la mirada de aquellos ojos verde turquesa que traspasan e invaden, el reflejo de las luces sobre la portada de los libros en venta sobre un aparador, un muñequito de plástico en una rosca de Reyes. Y, consciente como estoy de esta situación, la segunda llamada hizo que me enamorara más (más y mejor) de él. "Me ama", pensé. Mi chico pasó por mí, y tras estacionar su coche en las cercanías del Museo Nacional de Antropología e Historia, aprovechamos la proverbial entrada gratuita en domingo. Después de ver el último vuelo de los voladores de Papantla, pasamos por la revisión y observamos la enorme fila de personas esperando entrar a la exposición de España Medieval. Es mentira que el estanque en medio del museo haya sido embellecido (dos bolillos flotando y una colilla de cigarro nos convencieron fehacientemente); es una lástima que la hermosa fuente diseñada por Pedro Ramírez Vázquez no funcione ("y habrás de ahorrar en las cosas nimias, Dependencia, para conservar el superávit gubernamental primario"). Visitamos las salas de museografía renovada, besándonos en la oscuridad, tomándonos de la mano cuando estábamos solos, abrazándonos cuando nadie nos veía. Algo encantador (la conciencia de nuestra unicidad) fue saber que la cantidad de acquaintances (conocidos, la palabra llegó primero en inglés) que estarían en el Museo tendía definitivamente a cero. Nuestra estupefacción (e inesperada diversión) fue máxima cuando, sentados frente al dibujo que interpreta a la Piedra del Sol ( the so-called Aztec calender) llegó un improvisado guía de turistas, acompañado de cuando menos ochenta compatriotas de todas las edades y procedencias: "Ser mexica es toda una actitud: se puede vestir Valentinos (sic) y ser un buen mexica". He de decir que no tenía muchas esperanzas de escuchar algo interesante después de un adagio tan poco bien avenido: no obstante, la explicación alternativa de la cosmogonía esculpida en la piedra de 20 toneladas redimió cualesquiera prejuicios habidos en contra de personaje tan interesante. Mi chico y yo compartíamos sonrisas cómplices. La sala maya, la sala tolteca, la sala de las culturas del Golfo: en todas nos descubrimos, en todas recuperamos la conciencia de pertenecer a un pasado entre ajeno e inmediato.
Salimos a Reforma. Salvamos la distancia entre el MNAH y la Torre Mayor, caminando entre ríos de gente y vacas regurgitadas por el Cow Parade a distancia regular. Mi novio y yo tomamos una foto de nuestras manos juntas en la cabeza de la vaca manchega de ibéricas ilusiones (Kike dixit). Estábamos alegres y transfigurados. Apenas en noviembre iniciaba nuestro idilio, y en enero ya estábamos reunidos, aprendiendo juntos el verdadero significado de la palabra Paraíso. Paramos en el Sanborn's Café en la esquina de Reforma y Circuito Interior. Comimos enchiladas tarascas (pollo con champiiñones, salsa de la abuelita), con sopa de espinacas, tostaditas Sanborn's, pan con mantequilla, Coca Colas (una regular y otra de dieta), nieve de limón y arroz con leche. Mi nene y yo charlamos largo y tendido. Él ya no sólo es mi novio: es mi amante, es mi amado, es mi mejor amigo, es mi hermano, es mi compañero, es mi camarada, es mi historia, es mi presente, es mi futuro, es mi todo. Es mi Universo. Lo que a ambos nos puso por las nubes (y más allá) es que el sentimiento es mutuo. Y todo resulta del convencimiento de que esta situación en la que nos puso la vida es rarísima y afortunada: las probabilidades de que ocurriera eran casi cero, y sin embargo... We were destined to each other. We are Destiny.
Torre Mayor. Edificio ultramoderno, podría pasar por rascacielos en el distrito financiero de la City londinense. Dos boletos. Los mejores $140 gastados en toda la vida en la Cité. Mi chico y yo subimos en el elevador (a razón de dos pisos por segundo) para llegar al mirador más alto de la Ciudad de México. Visibilidad de 16 kilómetros. El Valle de México, en toda su majestuosidad; la capital de la República, en toda su monstruosidad. Fue adorable. Compartir la vista de la Ciudad (muy torre de televisión en Berlín), abrazado a mi baby, niños jugando, adultos cuidando, parejas con las manos tomadas, todos viendo con los ojos (y a veces con los telescopios de $2) a todos los puntos de la ciudad que anochecía y se escuchaba como el interior de la concha de un caracol marino (los coches circulando por todas sus arterias: "Un río", me dijo mi baby). El frío no importaba: estábamos doscientos metros más cerca de la luna (nuestra luna). Chapultepec es (mucho) más grande que Central Park , a decir de mi chico ("Sólo contigo iré al Empire State Building. Si no voy contigo, no me subiré nunca. ¿En qué edificios hay miradores en Barcelona y Madrid?"). La dos esquinas del mirador cubiertas tan sólo por ventanas atemorizaban por la altura: los carros son simples hormigas; las personas, minúsculos puntos desplazándose de un lado a otro. Los besos y atormentadores mordiscos en el cuello que nos dimos a dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar fueron insuperables (este noviazgo es decididamente de altura). Nos tocó ver desde la alturas la movilización policíaca y de los cuerpos de bomberos (sic, me encanta la construcción gramatical tan propia de La Prensa, la Red Vial y demás medios de comunicación ilustrados e iluminados en el país de la oscuridad), originada por el incendio (¿ataque terrorista con bomba, robo a mano explosiva o simple choque culposo?, nunca lo sabremos, baby) a escasos quinientos metros de la torre, enfrente del Hotel Fiesta Americana Grand Chapultepec ("- ¿A qué hora aparece Spiderman?. - No me importa, yo ya tengo al superhéroe que andaba buscando"), mismo lugar al que nuestros pasos (entre chismosos e interesados) nos llevaron al bajar de nuestro lugar de ensueño. Caminamos en el frío de la noche, él con mi saco con cuello Mao, yo con su suave suéter azul, retozando y disfrutando del momento, de Reforma, de nosotros, de nuestro amor. Mi novio me tomó dulcemente de la mano en el estacionamiento del MNAH, donde las sombras ocultaron todo lo que el mundo no está dispuesto a ver sin agredir a cambio. En Periférico, camino a mi casa, nos tocamos. Por momentos el automóvil tuvo tres palancas... El día fue estupendo, nos la pasamos fabulosamente.
Al día siguiente, lunes, fui a la Facultad. Encontré a mi jefe, el Dr. Dussel y a la Dra. Trápaga en el vestíbulo de la Facultad, en el edificio A. Dussel viene fascinadísimo (casi delirante) de su reciente viaje por Cantón, Hong Kong y Macao: "Hoy por hoy México no tiene capacidad de competir contra China, a no ser en la producción de frijoles bayos enlatados". El doctor nos repartió regalos y abrazos, y quedamos en tener una junta el miércoles a las 11 h. Tras hablar amablemente con el profesor adjunto (y vecino de cubículo) que evaluó mis ensayos de Economía Política V este semestre y tras velada acusación (infundadísima, me repugna) de haber plagiado mi último ensayo (de seguro se asustó porque utilicé álgebra para formalizar mis argumentos), obtuve diez de calificación en la materia que casi me saca canas verdes. Siendo optimista, parece que mi promedio no bajará este semestre. Visité a mi querida Denise Rosas, la Secretaria de Intercambio Académico, con quien estoy asignado como becario de la Asociación de Exalumnos de la Facultad de Economía, para desearle lo mejor en este año que comienza y verificar si había o no trabajo pendiente. Después de dejar cierta papelería en la oficina administrativa del IMSS, en Plaza de San Jacinto, en San Ángel (no sin antes concurrir a Starbucks El Relox, regresé a mi casa, donde me encerré a terminar buenamente de estudiar para el último examen parcial de Teoría Macroeconómica II. Perdí dos horas dando formato al último trabajo -el Índice de Desarrollo Regional (IDR) para la región Megalopolitana, 1995 y 2000- de Economía Regional y Urbana: alucinaré indefinidamente al Mtro. Norman Asuad después de sus trabajos como lastres de plomo en la espalda.
El lunes no vi a mi baby . Me sentí extraño, entre triste y esperanzado: triste porque no lo vería en todo el día; esperanzado, porque al día siguiente (después del examen) pasaría por mí a la Facultad. Cerraba los párpados y él estaba conmigo. Rozaba mi mano mi pecho y era su misma mano, cuidándome, queriéndome, amándome. Ese día, estudiando en mi cama, descubrí que mi almohada olía a él, a su loción, a su presencia. Fue un descubrimiento genial Escuchando a Bach (obligatorio y rutinario para un examen), supe que amar a mi novio es superior que una de las suites para cello del amado dios de la música. Todo en mi chico es apoteósico. Todo él es el mejor de mis embrujos. Gozoso lo acepto: reconozco en mí las señas que delatan lo fuerte del primer amor por un hombre que he vivido en la vida. Estuve (estoy) como colegial de secundaria. Me llamó en la noche, varias veces, como ráfaga; a mis padres les pareció algo extraño, yo mascullaba "¡Otra vez!", diciendo que era un amigo y no pude decir a mi chico por el teléfono alámbrico las dos palabras que me han transformado la vida (y que habrían causado la consternación de los padres que no dejaban de mirarme): "Te amo". Nunca me podré cansar de decirle "Te amo", y la constancia fiel quedó vía celular ( Telcel nos ha de querer tanto...). Seguí estudiando: me dormí de 12 a 4 h, y me levanté para seguir estudiando.
El cuarto y último examen parcial de Teoría Macroeconómica II fue complicadamente difícil. Ni la sonrisa despreocupada de Eloísa Andjell-McGonagall fue suficiente para distender los nervios. La profesora adjunta (una simpática chica que cursa el séptimo semestre) lo reconoció. Nos dijo que no nos preocupáramos demasiado. El grueso del trabajo en el semestre ya estaba hecho. En fin. Salimos, y encontré a Cintia y a Jesús afuera de la Facultad. Mi baby llegó poco tiempo después, en su camioneta, radiante, preparado para nuestro picnic en el Bosque de Tlalpan. Me besó ante la mirada (que juzgo atónita) de dos de las Brats, las chicas de la basse societé de Copilco y uno de los enclosetados compañeros de aquél grupo de primer semestre de nefasto recuerdo, a pocos segundos y pasos del odioso profesor Ruiz Durán (el jefe del Posgrado de la Facultad, mi antiguo maestro del área de Investigación y Análisis Económico). Complicidad de Javi y Brenda mediante, le regalé un globo (enorme) de Mickey Mouse, personaje de Disney que colecciona. Mi chico estaba fascinado. Él traía en su camioneta chocolates y una tarjeta para mí. Son detalles, cosas que dos chicos hacen cuando están enamorados.
Y vaya que estamos muy enamorados.
Nos despedimos de todos. Mi amor me acompañó al CELE: nos fuimos besando en todo el camino. No había horarios para la prueba oral del examen de certificación de alemán a realizarse la siguiente semana. Lo llevé a la Torre de Humanidades, a que viera el paisaje urbano del sur de la Ciudad desde un sitio inmejorable (el piso 14 y el 12). Caminó por mis rumbos habituales. Regresamos a su camioneta: Javi, en su camino a Tequisquiapan. nos guió en Insurgentes. Ciego como estaba (el tornillo de uno de mis lentes se había desajustado desde temprano en la mañana) fuimos primero a Subway por dos subs, uno de pavo y otro de mariscos (el refrigerio que habríamos de tomar en el bosque), luego al Devlin emplazado en el otrora De Todo de Copilco (ahora un Wal*Mart). Subimos a su camioneta. Nos fuimos por Insurgentes, luego Periférico, luego tomamos la desviación por Pedregal y Perisur. El Bosque de Tlalpan nos esperaba: sólo deportistas, nada de niños, todos los caminos vacíos, mi nene recordando su infancia. Fuimos tomados de la mano y dándonos muchos besos, yo con mis lentes oscuros cargando la mochila con los víveres y enseres necesarios para pasar un buen rato juntos. Mi baby escogió el lugar en el que habríamos de comer, dos desviaciones y tres senderos después del camino principal Ocultos como estábamos, no dejamos pasar la inestimable oportunidad. Mi chico cumplió inesperadamente una de mis fantasías: nos amamos en medio del bosque, entre el canto de los pájaros, el crujir de las hojas y el olor de la hierba seca. Gemidos estentóreos, placeres inconfundibles, entre el sol resplandeciente, el vino espumoso de Italia, los subs y un cuernito y ensalada comprados en Costco. Este chico y yo nos amamos más a cada momento, aunque si supiera de nosotros el Secretario de Seguridad Pública del Defectuoso (Joel Ortega) de seguro desvaría por tanto ilícito. El picnic fue estupendo, nuestra tarde increíble. Cada día con él pasa como un minuto: el tiempo se nos va como arena entre las manos, perdemos la noción de todo lo que nos rodea, tan sólo nos concentramos en nosotros mismos. Mi chico y yo fuimos luego a Plaza Cuicuilco. Fuimos a Mixup: como se puede imaginar, jamás había disfrutado tanto entrar a la tienda propiedad del hombre con apellido libanés. La sección de películas, de música en español, la música clásica, los soundtracks, todo fue una delicia con este chico que me trae por los suelos (y que cito vil pero apropiadamente, me hace volar muy alto). Yo tenía una promoción de Cinemex para entrar con precio de miércoles. Compramos boletos para ver a Jake Gyllenhaal en "Jarhead" ("Soldado americano"), un verdadero canto de alabanza al Australopithecus que todo hombre lleva dentro. Violencia, machismo, muerte, destrucción, todo en uno. Jake me dio miedo en esta peli. Dos sodas ( Seven Up) y los Ferrero Rocher que me regaló fueron nuestras provisiones; nuestro abrazo fue el único consuelo a tanta brutalidad en el mundo. A la salida fuimos a Sanborn's, mi chico compró su Cinemanía y luego salimos (dejando para otro día una visita al Beer Factory). Me regresó a casa. Conécteme a internet usando la adorable conexión inalámbrica pirata que capta la portátil de mi padre, platiqué con mi novio y luego vi la película más entrañable que he visto en buen tiempo: " Hedwig" el musical que cuenta la historia del frustrado rockstar transexual de mismo nombre que se presenta en restaurantes de mala categoría dondequiera se presente su antiguo protegido (y objeto del afecto) T. Gnosis, que no le da crédito como coautor de todos los éxitos que presenta. Fue una cinta estupenda. Terminé de verla casi a las 4 h: mi padre se despertó e irascible como es me dijo que estaba haciéndome un mal tremendo y que había llenado a la computadora de cosas mías. Decidí no darle oportunidad a seguir discutiendo, apagué la computadora y me fui a dormir.
Ayer miércoles tuvimos junta con el jefe. Nos avisó que trabajará el tema de China (casi) ad nauseam. Este semestre será el último en el que su equipo de chicos (y chica) Dussel trabajará de manera conjunta. Para el semestre de otoño de 2006 yo tendré dos años de trabajar con el doctor y seré único e histórico remanente del Dussel Team que ha durado más tiempo. La idea me aterra y a la vez me halaga. Será mucha la responsabilidad que en los meses sucesivos habré de adquirir. En fin, habré de conciliarlo de la mejor manera posible. La reunión con el doctor se extendió largamente. Me encontré a Cintia y a Jesús, quienes me acompañaron a comer una orden de tacos arrieros en el puesto con domicilio conocido entre el Instituto de Investigaciones Biomédicas y la Facultad de Química. Luego, y como iban al Ajusco, me llevaron al Colmex. Obvio fue que ya no encontré a la Dra. Márquez, temprano como se va ella a comer con su esposo, el Dr. Gerardo Esquivel, y con sus hijos. Le escribí un correo (dudo que lo haya revisado) y me fui, corriendo, a la casa. Había quedado de verme con mi chico a las 15.45 h. Por mi brutal equivocación (tomar un autobús en un Anillo Periférico a vuelta de rueda por la construcción de la enésima etapa de los segundos pisos), llegué diez minutos tarde a nuestra cita: sólo tuve tiempo en casa de tomar mi maleta y despedirme de mi hermana y de mi madre ("Ya me voy a Puebla a aplicar más encuestas"). En fin. El punto es que llegamos vía Eje 8 y Cuauhtémoc a tiempo para estacionar la camioneta ($20, seguro que ahí la inflación no es de 5% anual) ver una muy buena película en la Cineteca Nacional: "The constant gardener" ("El jardinero fiel"), con Ralph Fiennes y Rachel Weisz (I'm not jealous at all, baby). La película, basada en un libro de John Le Carré, parte de una premisa simple y (de sobra) conocida: la experimentación falta de toda ética de drogas nuevas e inacabadas sobre cobayos humanos (usted disculpe, Don Cobayo, no me refiero a usted, me adscribo sólo a la expresión de uso común) en países pobres de África. Sentí que la trama cayó en el lugar común de exhibir la tragedia que es África desde todas las aristas posibles (SIDA, intereses corporativos, guerra civil, etc.); con todo, la cinta es estupenda. El director (cuyo nombre no recuerdo, algo M(e)irelles) es el mismo que dirigió " Ciudad de Dios", cinta que mi baby vio y que pienso ver tan pronto se me presente la oportunidad. La Cineteca es ahora un lugar más frecuentado que lo que era cuando mi baby vivía aquí.
Al salir pasamos a una sex shop de calidad menor en las cercanías de Miramontes. Compramos los chismes requeridos para pasar una buena noche juntos. Fuimos luego a cenar a Tortas Vico. Mi chico y yo comimos bien y sabroso. Por un atajo salimos a Prolongación División del Norte. Nos paramos en el mismo motel que habíamos estado el martes de la semana pasada: el Hotel Campo Real (cuatro estrellas). La elegida esta noche fue la Suite Azucena. Tras un involuntario equívoco ("- Sí, mire, estoy en la Suite Alondra. - Perdón, señor, pero no tenemos ninguna suite con ese nombre"), pedimos dos cervezas Sol y dos cervezas Indio. Nada se compara al placer que experimentamos al brindar los dos juntos (hombres que recién despiertan a la vida) en el jacuzzi de la habitación. Nada suyo me es ajeno. Nada puede igualar las seis horas que pasamos durmiendo: mi baby me abrazó en la noche con la ternura que nunca imaginé merecer, nuestros cuerpos desnudos unidos como reflejo fiel de este amor que nos consume y sublima. Nada me hará olvidar lo que ocurrió temprano en la mañana del jueves 12 de enero de 2006. Nada se compara a saber que ambos nos regalamos algo que valoraremos por siempre. Nada me preparó para encontrar en los ojos del niño-hombre lo que terminé por encontrar.
Todo fue hermoso, todo fue romántico, todo fue sexy, todo fue salvaje, todo fue ritual, todo fue nuevo, todo fue bello, todo fue intrigante.
Nos bañamos con el jabón Tommy que significa muchísimo para los dos. Nos arreglamos, nos vestimos, nos peinamos, nos abrazamos y nos besamos. Fuimos luego a desayunar vía Auto-King El Relox dos Croissan'wich con jugo de naranja y papas hash brown. Me dejó en casa, nos dimos un beso y el mejor de los abrazos.
Addendum
Ustedes que me conocen, saben que soy una persona demasiado seria y racional, que todo lo que digo suelo hacerlo de manera solemne y que las palabras significan demasiado (casi la vida) para mí.
Ustedes son testigos de excepción de la mejor de mis audacias emocionales.
Sean pues, las siguientes palabras que dirijo a mi baby.
¿Sabes una cosa?
Te amo. Te amaré toda la vida. Y te amaré aún después de la vida.
Te amaré por siempre.

13 Comentarios:
gracias por el regalo.
gracias por el globo
gracias por enseñarme
gracias por besarme
gracias por abrazarme
gracias por amarme
te adoro, lo haré toda mi vida.
definitivamente se puede ser mexica y vestir de ValentinoS...
estos días han sido per-fec-tos. Quisiera repetirlos una y otra y otra y otra vez.
Si volviera a nacer, querría vivir EXACTAMENTE lo mismo.
ok, quizá cambiaría las rutas que tomamos el miércoles.
lob ya'
I'm not in WLTown anymore
I'm not alone anymore...
"A gift or a song that hits you so hard...
feel
I want to know your soul like your blood knows the way from your heart to your brain..."
¡Felicidades!
Gracias a Eduardo y a tí has conocido el AMOR (el mayor placer de la vida)
¡Felicidades!
Saludos (a los dos).
Muchas gracias por tus comentarios en mi noche diabólica, realmente los aprecio.
Si decides convertirte en hedhead es decir fan de Hedwig, te presto los CD, tengo el de la peli y el del musical.
Don Mandarino:
Disfruté enormemente de leer su extensisísimo (sic) y emotivo relato. Se lo he dicho antes y se lo repito: me encanta cómo plasma con palabras las emociones cotidianas, dice Usted que le gusta escribir y lo hace de una manera soberbia.
Sigan viviendo su amor, chicos, me encanta que así sea.
(¿Qué hay del correo que les envié al inicio de semana? Ya es viernes y no tengo respuesta, ¿vendrán acaso a Cuernavaca el fin de semana?).
Creo que es el spot más largo que ha aparecido en tu blog. Pero no abandoné nunca la lectura, de una hora, aproximadamente. Me gusta conocer cada vez más a mis amigos.
Ojalá que pronto puedas ver "Segunda Piel", está buenísima. Yo tuve que aprovechar un viaje reciente de mis padres para poder verla...
Deseo a ambos que sigan disfrutando de lo bueno de la ciudad y venciendo de lo malo. Pero ante todo, del regalo de Fortuna, que a veces se compadece de algunos mortales!!
Ahora sí que se extendió señor. Mire lo que le hace a este pobre Cobayo miopeastigmático de lo peor; estoy harto mareado y a punto de güacarear sobre el teclado. Si cierro los ojos, veo sus letras (y no, no es poesía, es un jodido efecto del blanco sobre el azulcasinegro, ¡och!).
Usted sígale dándole al amor, pero procure que no se le amontonen los días... y si se le amontonan, saque su blog en versión braile, porque de tanto leerlo quedaré ciego (bueno, más). Saludos con harta cafeína en la sangre y la estela de los labios de mi amada aún sobre los míos.
Fr. Cobayo
ahhhhhh todo un episodio...que hay que leer por partes je me gusta su prosa desparramada.
Jejeje, dios! Excepto la parte de su gusto por los (deduzco yo) exquisitos efluvios de su ibérico amante, sus episodios de amor son cada vez más melosos... dios, que lindo debe ser enamorarse, amar y ser amado, y tener a alguien por quien darlo todo sabiendo que ese alguien lo daría todo por uno...
Im green, you know... but im green in the good envy... es usted tan feliz... como todos deberíamos serlo siempre, o cuando menos, una vez en la vida...
Espero verlo pronto... Los unifinished issues xalapeños tuvieron un final sobrio y, contra mis expectativas, no requerí de vodka, diazepam y navajas gilletes... pero eso sí, "pasó lo que tenía que pasar"... y tuve un brevísimo atisbo de lo que usted vive en entre sus cenas subway y sus sesiones con Tommy...
Diosss sus posts son demasiado laaargoossss pero no por eso poco interesantes, me encanta tu redaccion, eres genial y pues que viva el amor, donaria mi pancreas por irme a vivr al df o minimo a hacer un postgrado, por cierto el leerte me inspira... gracias
SIMON...LARGUISIMO...PERO HACE MUCHO QUE NO VENIA...
Pues...yo no sé por que chingados he estado tan pinche depresivo ultimamente...debe ser que tengo mucho trabajo escolar y no he hecho nada...tengo ganas de estallar...
Lo bueno que el querido marido...(a.k.a PROMETEO) me hace sentir menos caca...chale...quiero mas vacaciones...
EN FIN...LE MANDO VISCERAS DE VACA como señal de buena suerte y harta cafeina...
LE LEO LUEGO...camara hasta luego!
Baby: Novio adorado, amante, cómplice enamorado, amado amigo... ¿qué más puedo pedir?
Let's make this last forever... If I were born again, I swear I would do it again... all to live an instant with you.
Y ya empezamos a conocer nuestras almas... tenemos toda la vida para seguir maravillándonos.
Champiñón: Ángel, amigo, muchas gracias, en verdad. Te envío un fuerte abrazo.
Flavio: Decidido. Hedwig es ley. Me encantaría tener copias de los discos. Un abrazo.
Imoq: Por mi baby soy todo emociones... no creo escribir tan bien. Es el amor el que me ha transtornado...
Ocho: Puede que sí. Pero al principio escribí algunos que sencillamente me sorprendieron. Quizá porque dejé que se acumularan muchos días... Un abrazo en Rawls.
Cobayo: Muy querido señor, verá que ya me enmiendo. Un abrazo, y gracias por seguir leyéndome, en este blog que está decididamente boni.
20th century boy: Prosa desparramada... me gusta.
Kike: Definitivamente libo exquisitos néctares. Me alegra mucho saber que el asunto Xalapa terminó bien, cuando menos, como debió terminar.
Ar2ro: Te agradezco tus comentarios. La verdad pienso que mi redacción es bastante enredada. En fin. No es necesario donar el páncreas para venir al DF... Un abrazo.
Virgen Suicida: Su vestal la saluda y agradece las vísceras, si bien las de pollo son de interpretación más fácil.
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