Cita con la vida
(Este post debe leerse con la compañía del vivo espejo de mis sentidos)
El viernes desperté muy temprano. En toda la noche había dormido escasas cinco horas: la interrupción del ciclo normal de sueño y vigilia fue la manera en que somaticé la ansiedad por el primer y definitorio encuentro con mi baby recién llegado de España. Era algo extraño. Todos los sentimientos maduraban y cambiaban, con todo y que mi amor y yo habíamos hablado ya dos veces por teléfono desde que pernoctaba en Anáhuac. Mi ser entero anticipaba la emoción que me embargaría al conocer, horas después, al niño-hombre que descubrió en mí lo que yo ya no creía tener. Todo resultaba increíble: el día del fin de la cuenta regresiva había llegado. A las 8 h puse fin a mis intentos por dormitar un poco más y decidí abandonar la cama, para ducharme y arreglarme en menos de una hora, preparado para enfrentar la lentitud del reloj al marcar los últimos minutos antes de nuestra cita. Con nuestro encuentro a las 11 h en el reloj floral de Parque Hundido, sito en Insurgentes Sur, culminaba la espera que consumió a dos enamorados separados por un océano y siete horas de diferencia durante casi cuarenta días.
Enamorarme de mi baby fue lo más inesperado del mundo. Los queridísimos lectores de Tópicos Típicos Utópicos e Inhomoveritas pudieron, desde finales de noviembre, dar buena cuenta de cómo comenzó todo. Mi baby y yo empezamos a visitar nuestros sitios hace menos de tres meses. Comentarios que iban y venían, que ocultaban bien lo que tanto él como yo sentimos el uno por otro: una poderosa e inexorable atracción que terminaría consumiéndonos. Un día gris de noviembre (for the first part of November was a grey one for me) descubrí por sorpresa que mi baby me había dedicado una canción sobre (te cito con licencias, precious) la incertidumbre compartida. A la distancia se que en ese momento me sentí impelido a conocer al (ahora) mi baby de una manera más profunda. Desde entonces supe que no dudaría en conocer la felicidad que la vida nos ofreció a los dos. La fotografía de la luna esperando a mi nene en enero, asomándose desde noviembre en la Cineteca, obedeció a tan poderoso y deseado impulso. Nuestros posts iban creciendo en sentimiento y dudas. Los comentarios pronto darían lugar a un cortejo vía correo electrónico, mensajero instantáneo y teléfono. Fueron esos los medios (posmodernas palomas mensajeras, inesperadas botellas de náufragos en el siglo XXI) hasta que el día de ayer fue testigo excepcional de nuestro primer día y noche juntos.
Pudo entonces más la emoción que el nerviosismo. Me fui en taxi desde Molinos y Revolución (excusa perfecta para escaparme una noche en casa: la preparación de encuestas para el Dr. Dussel en la ciudad de Querétaro) hasta el Parque Hundido. Me senté en una de las dos bancas a cada lado del reoj, presa de la ansiedad contenida, a la espera de las cosas que habrían de suceder. Entonces llegó mi baby, vestido con blazer, pantalón de vestir, camisa a rayas y zapatos cafés. Ardí en deseos de correr a su encuentro: impidiéronmelo el destino incierto de la maleta con el reproductor de discos compactos y la duda sempiterna (¿se trata de él o es otra persona?). Sus pasos no tardaron mucho en remediar la distancia entre los dos. Por primera vez sus ojos se toparon con los míos.
Mi chico me besó y abrazó con la fuerza que el destino reserva para los amantes unidos por vez primera.
Ya me tenía ganado desde el principio. Ya era suyo.
Ambos confesamos estar nerviosos. No era para menos: no cualquier día se conoce a alguien por vez primera que representa ya tanto en la vida de uno mismo. Desayunamos en el restaurante Marie Callender's. Huevos Benedictine, un jugo Pink Panther, un chocolate, dos cafés y dos vasos de agua para ingerir medicinas: mi baby llegó resfriado de España. Detallista como soy, reparé en ciertas actitudes suyas que me pudieron demasiado. Encontré a mi baby lindo, inteligente, bien parecido (guapísimo), caballeroso y sencillo. Charlamos. El tiempo pasó muy rápido.
Nuestras piernas traviesas se encontraron varias veces debajo de la mesa.
Mi baby no conocía los puentes inaugurados en la administración Peje que conectan las avenidas Las Águilas y Centenario con Santa Fe. Habíamos dispuesto visitarlos. Subimos en su camioneta por Barranca del Muerto. Platicamos como si nos conociéramos de toda la vida. Mi mano buscó a la suya, y mis dedos la recorrieron y disfrutaron lenta y hasta dolorosamente. Nos detuvimos en una plaza construida por los edificios corporativos que dan hacia la Universidad Iberoamericana. Prestamos curiosa atención a las dos o tres vacas que el delirium tremens de rumiante inspiración conocido como Cow Parade tuvo a bien disponer en aquellos lares de houstonesca arquitectura. Tomamos un café en el Starbucks Ibero (al lado del Moshi Moshi). Platicamos. Dos seres encontrados por vez primera tienen mucho que conversar. Nunca dejamos de hablar.
Toda la hermosura del silencio esperaría a la noche y a la madrugada.
Después del café bajamos por Avenida Centenario a la Cité. Nuestros planes originales (trazados desde hacía tiempo con el cuidado que dos planeadores obsesivos pueden tener) procuraban agradables mojitos en La Bodeguita de Enmedio, asumiendo para ello que la empresa siguiera con la promoción de 2 x 1 en días laborales. Comprobada la restricción de la oferta al domingo y al viernes, decidimos en cambio cruzar la Ciudad por el Distribuidor Vial San Antonio, primero, y por el segundo piso del Periférico, después, hasta San Jerónimo. Me alegró saber que acompañaba a mi baby en su primera visita a algunas de las obras de infraestructura de transporte privado más ambiciosas de los últimos años en la Ciudad de México. Después seguimos por Periférico hasta Tlalpan. El tráfico en la calzada que sigue la antigua traza tenochca entre chinampas fue sorpresivamente fluido y sin contratiempos. Con mi baby vi la Catedral como jamás la había visto: el asiento del copiloto en su camioneta permite admirar el paisaje urbano mucho mejor que la ventana del asiento trasero de los sedanes de mis padres. Fuimos al hotel Catedral. La reservación la hicimos desde que mi precious little angel estaba en Madrid. Enfrentados como estuvimos al tráfico del Centro Histórico, merced a las romerías habituales y aglomeraciones que suscitan los innumerables vendedores ambulantes en maratón Lupe-Reyes, llegamos al hotel.
Trato cortés pero distante recibimos en la recepción. El botones hizo honor a la tradicional calidez de la industria turística de Chilangolandia, disimulando muy bien sus prejuicios (¡Por Dios, no hay derecho ni decencia, dos jóvenes pernoctando juntos en una habitación con cama king size!) mientras una solícita empleada terminaba la limpieza del baño de la habitación. La mucama demoró veinte minutos en salir dejándonos a mi baby y a mí la tarea de recordar las pruebas que habíamos (exitosamente) superado para llegar a ese momento. Hasta comentamos taciturnamente el empeño que demostraron tanto el botones como la mucama para que no olvidáramos la ubicación del cobertor extra en la gaveta debajo del televisor ("Es que ha estado haciendo mucho frío, joven").
Cuando nos quedamos finalmente solos, empezó la celebración por la esperadísima reunión de nuestros corazones, de nuestras mentes, de nuestras almas, de nuestros cuerpos. Momentos de pasión trocada ternura, recuerdos que nuestras mentes jamás olvidarán, así comenzamos a administrar la cura para la soledad que nos aquejó durante más de un mes, afección paliada a duras penas por los modernos medios de comunicación sustitutivos del contacto humano (benditos, no obstante, porque fueron los únicos que permitieron que nos habláramos de amor). Nos sorprendieron y detuvieron la noche, la inusual vista de la Catedral de espaldas y las ruinas de una vecindad que adivinamos inmueble abandonado y centro de reunión junkie y la música que, zumbido entre soportable y contaminante, salía del lounge del Centro Cultural España. Las cortinas cerradas evitaron la mirada de cualquier avispado y oportunista voyeur o curioso de ocasión.
Mi baby y yo salimos a cenar entrada la noche, a las 22 h. Nos fuimos caminando a un Vips por Madero, donde comimos, él unas crepas, yo una ensalada de pescado, entre tragos de Coca Cola y café capuchino. Tras rechazar amablemente los perrunos ofrecimientos cafeínicos de cierto mesero hacia mi chico (gosh, did I feel jealous then) salimos a caminar por las calles más hermosas y mejor conservadas del Centro Histórico. Disfrutamos de un espectáculo inusual, a saber, la numerosa concurrencia presente en la Plaza de la Constitución (el Zócalo), lugar iluminado profusa y festivamente con decorados navideños. Niños y adultos contemplaban maravillados cómo escapaban hebras de algodón de azúcar que, arrebatadas por el viento, iban a dar con todo contra las torres de la cada vez más reforzada (con andamios) Catedral metropolitana. Intentamos entrar al lounge del Centro Cultural España, pero pasos antes de entrar un guardia dio con la puerta en las narices a los cada vez más nutridos grupos de chilangos dispuestos a acceder al lugar. Notamos, entre curiosos y maravillados, que la música parecía venir de una de las naves de la Catedral y que las más bien pobres esculturas de San Ignacio y de algún otro santo trasnochado parecían animarse al ritmo de los últimos beats del año.
Mi niño y yo caminamos tranquilos, despacio, disfrutando lo irrepetible del momento, saboreando a cada instante la magia de la que nos sabíamos partícipes de privilegio. Decidimos (sonrisa cómplice mediante) regresar al cuarto del hotel. Disfrutamos entonces de un reparador baño y una ducha vigorizante que duraron una o dos horas: nunca disfruté tanto de la música de Cole Porter y de los placeres mínimos de la compilación número 7 de Café del Mar (¡a mi reproductor Phillips AZ5130 gracias!) y del poder curativo de la salus per aqua en la boca y en los cuerpos de dos amantes siempre sedientos. Bañar y vestir a un hombre son placeres equiparables en todo a desvestir al ser amado. Escuchar los latidos (entre tranquilos y desenfrenados) del corazón de mi niño, sentir su cuerpo a nulos centímetros del mío, deleitarme en el placentero roce del jabón y del gel de ducha en su piel, hicieron del acto preámbulo perfecto...
Y luego empezó nuestro amoroso embate en la cama. Sentir a mi niño en mí, rodéandome, circundándome, inundándome, anulando los dos una y otra vez la distancia que se nos interpuso, aceptando ambos que los milagros existen, fue lo mejor de todo. Nunca antes disfruté tanto de la vulnerabilidad que se exhibe siempre en la intimidad con el Otro; nunca antes me sentí mejor al procurarle felicidad y comodidad a otro ser humano; nunca antes me abandoné de lleno al amor y al gozo que la vida trae consigo de tiempo en tiempo.
Give into love, or give into fear...
Abandonar los miedos y olvidarse de los cadáveres que todos tenemos en el armario de nuestro pasado es gracia divina que nunca esperé recibir.
Saber que el amor estuvo presente en todo lo que hicimos es favor humano que nunca había experimentado.
Sentir en carne viva la noche que mi baby y yo pasamos juntos es lo menos que puedo hacer para honrar la memoria del día más feliz de mi vida.
Y la noche dio paso al alba, y ya hacía rato de que el disco de Hôtel Costes había dejado de escucharse, y que la música del Centro Cultural España se había extinguido, y que las torres de la Catedral se recortaban contra el azul eléctrico del cielo de Coatlicue y Tezcatlipoca, y vimos que eran las 6.44 h de la mañana...
Dormimos hora y media. Nos abrazamos en sueños y descubrimos al despertar que estábamos los dos, juntos, con sabor a chocolate y a mandarina. Y la pareja de bienaventurados comensales repitió el banquete con el que se deleitó (hasta el empacho) la noche anterior. Y nos bañamos juntos, con Belanova de fondo musical a dos voces.
Nuestra contabilidad: diecisiete horas de pasión, éxtasis y comunión de la carne. Salimos del hotel a las 13 h, para perder cuarenta minutos en el tráfico de Donceles y calles alrededor de Palacio Nacional.
El mejor cierre de un año... y el mejor comienzo de otro.
No hay más palabras para lo indescriptible.
El amor no es asunto para científicos.
El amor no se comprueba ni se publica en journals.
Tan sólo se vive.
Tan sólo se siente.
A mi baby
Porque en tus besos descubrí que había un perdón para todos los pecados. Porque en tus brazos encontré el valor necesario para saltar al vacío. Porque en tu labios supe que a tu lado nada malo me pasaría. Porque en el agua que lavó nuestros cuerpos abandonamos todos nuestros miedos. Porque en el lecho nos arrobamos, dejamos que el mundo siguiera su curso habitual de tristeza y desesperanza y construimos un lugar más nuestro (el amor es de quien lo trabaja). Porque en tu sonrisa infinita me reconcilié con la vida. Porque en las canciones que te canté comprendí que el Destino así ha dispuesto las cosas. Porque en tu sabor supe que me reencontraba con mis aspiraciones más sublimes. Porque en tus atenciones conocí el verdadero significado de la palabra confianza. Porque en nuestra inexperiencia adiviné que somos amigos que se han encontrado para compartir la experiencia de conocer y dejarse conocer. Porque en las dudas compartidas te encontré más atractivo y humano (mi superhéroe). Porque en las horas que pasaron como minutos nos convertimos en afortunados y agradables autores y cómplices del delito de querer y ser querido. Porque lo que atestiguaron, silenciosas, las paredes de nuestra habitación fueron la dicha de dos camaradas enamorados a quienes fue dado encontrarse.
I love you.

12 Comentarios:
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
así que no lo soñé...
Nada superará esta fiesta de bienvenida/fin de año.
so dreams can come true...
finally I realize why people get together...
Celebrar contigo que el mundo dio otra vuelta al sol...
Es inmejorable.
No fue sueño.
That's so unexpected
That's so very us
Las sensaciones no abandonan mi cuerpo, los recuerdos adornan mi mente, tu esencia calienta mi corazón...
Hasta mi boca recuerda a la perfección cada sabor: besos sabor chocolate alemán, beber agua de tu boca, tu piel, tu sudor, tu cuello... y otros sabores extraños...
Magia en el Distrito Federal.
woooow que maravilla de historia, pff una pasada tios je je, que emocion, lo merecen, lo tienen, disfrutenlo, recuerden que no importa el tiempo, el tiempo son solo pequeños instantes como fotografìas, guarden los momentos hermosos en su memoria, no vivan del pasado ni del futuro, vivan su momento y su felicidad hoy..
que hermoso comienzo de año mucha suerte para los dos!!!
saludos.
charlyboy a.k.a. gatito
Saludos desde esta imitación de vida, señor.
Me alegra leer sus letras manchadas de arrojos y pasiones, de deseos y finales, de espera y retortijones.
Qué agradable saber que la vida, de vez en cuando, puede llegar a parecerse a la vida.
ahhh, en estos momentos recuerdo una rola de shania twain que traía en el coche. "from this moment"
no sé qué decir. le deseo la mejor felicidad del mundo.
atte
diablo en lata de vitamina c
Antes de llegar aquí leí la contraparte de la historia, en versión resumida pero muy intensa, sin respirar. Ahora veo la versión detallada, altamente descriptiva y que me permitió por un momento haber estado ahí con ustedes, observando de cerca, ser uno de los vouyeurs a quienes no permitieron fisgonear por cerrar las cortinas. De todas maneras, todos somos testigos de su amor y hemos compartido esta grata experiencia con ustedes.
¡Que viva el amor!
El año 2006 pinta para ser muy bueno, oh, sí...
Un abrazo a ambos.
Manuel y Eduardo:
¡Que gusto empezar el año con la lectura de su afortunado, intenso y muy merecido encuentro!
Me siento muy feliz por Ustedes, gracias por compartir su anécdota, estoy seguro que le dió el regalo de la fe a mucha gente de que se pueden establecer relaciones gay que te construyan, enriquezcan e incluso te sanen.
¡Un abrazo muy fuerte para los dos!
Flavio
Baby: Mi sabor favorito fuiste tú.
Magia en el Centro Histórico.
Charlyboy: Niño, muchas gracias... je je. Sólo somos presente...
Cobayo: Nunca lo entendí, hasta vivirlo. Un abrazo.
Diablo enlatado: A tí te deseo la felicidad del universo.
Imoq: Je. Espero que te haya gustado... Todos nuestros lectores merecían palco preferente.
Flavio: Gracias a tí, por leernos y abrazarnos. Nos veremos pronto.
Muchas felicidades, Manuel, y por partida doble: nuevo año y nuevo amor. El amor se vive; si se estudia, jamás se comprenderá. Qué gusto que una vida esforzada y plena se vea coronada por el mayor bien que puede imaginarse y, ahora, en tu caso, vivirse.
Carlos: Muchas gracias, querido amigo. Muchas gracias. Pero la vida todavía no es plena...
Publicar un comentario
Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]
<< Página Principal