Rinconcito o recámara compartida por horas
El gesto en el que se abisma mi novio después del orgasmo me llena de calma. Acurrucado entre sus brazos, con el calor de su cuerpo protegiéndome la espalda, es difícil pensar que algo en el mundo pueda ir mal. Perderme en sus ojos es una aventura que emprendo gustoso todo el tiempo que pasean su mirada sobre mí cuando la puerta calla y compartimos soledades. Cuando hacemos el amor me puede muchísimo verlo desnudo de cintura para abajo y vistiendo la camisa blanca de algodón que usa los días de oficina. Supongo que le he tomado filia al recordar a Marlon Brando o a James Dean vistiendo t-shirts ajustadas... Otra fijación particular son sus anteojos de pasta negra: su cara entera se transforma, e imantada, me subyuga. Su lengua traviesa discurre por mi piel incendiándola, las caricias que prodigan sus manos cantan cosas que el silencio alberga. Me gusta abrazarlo y dormitar en el sopor poscoital que nos invade, más en estas tardes invernales de insoportable y sorprendente calor de Helios, acurrucados en la misma cama del hotel que frecuentamos. Las sábanas que nos cubren saben que el mundo entero no podría contra nosotros.
Etiquetas: El Erario Inagotable

1 Comentarios:
Es algo tan íntimo que el más ligero comentario mancillaría su belleza. Os admiro.
Un abrazo.
PS. Me hace feliz sentiros felices.
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