IHV: in homo, veritas

croon, v.i., v.t. 1. to sing or hum in a soft, soothing voice -n. 2. the act or sound of crooning -n. 3. croon/er, e. g., Manuel aka Medea Tangerine / Medeo Mandarino / Beso insaciable en mudanza a Ceres, on "How to live as a found 21st century crooner" 4. to love an angel with silver wings like I do: a ciegas, en Braille, como quieras

7.7.05

Streptococcus pyogenes(group B) attacks! (primera parte)

Del jueves de la semana pasada al martes de la corriente transité por distintos estados de ánimo, inducidos todos por el extraño micromacroambiente que me rodea y me hace suyo.

El jueves, en camino a la clase de computación semanal con el Dr. Botey, el Metro Auditorio me tentó. Divertida mirada que me hipnotizó. Un oficinista de tantos como hay en Polanco, encontró mis ojos y los tuvo que soltar cuando me di a la graciosa huida (la responsabilidad es primero). No sin cierto pesar (y una sobredosis de orgullo) abordé la unidad de transporte colectivo (micro) que llevaría a esta pobre piltrafa unos pasos más cerca (cuatro cuadras) del departamento del galeno catalán-mexicano.

El Dr. Botey es una persona simpática. Le envidio groseramente su departamento, que se nota decorado con buen y cálido gusto. Se antoja acogedor tomarse un vodka a la disimulada luz de su living, tan fabulosamente enmarcado con la pared-librero repleta en sus huecos de artesanías y las múltiples pinturas y litografías que cuelgan de la pared contraria a la ventana, entre las últimas una de Dalí. El buen hombre que es el Doctor Botey se fue con su (tercera) esposa a Turquía, en uno más de los Celebrity Cruises. Es quizá mi más grande bienhechor, un hombre gentil y bondadoso, siempre dispuesto a ayudar en cualquier predicamento de los que abundan en mi vida. Nos despedimos: no nos veremos en mucho más de un mes. Él regresa un día antes de que yo me vaya, por lo que la clase (y la sabrosa charla que siempre la acompaña) esperará hasta después de mi regreso (el 20 de agosto). Fue extraño. Por ese momento supe que considero al Dr. Botey mi amigo, aún y cuando no sepa muchas cosas de mí. De ahí que la tristeza me invadiera en mi camino por las difíciles calles del populoso (que no popular) Polanco. Le dije adiós a un hombre de bien.

(Por cierto, cáusame muchos problemas distinguir entre las formas de cortesía "adiós" y "hasta luego". Por lo general opto por no diferenciarlas, La señora Lanz me despide siempre con un "hasta siempre". Ruego a los bienqueridos lectores de estas defectuosas líneas viertan sus opiniones en los comentarios).

La tristeza trocóse desazón cuando fui a con la Sra. Johnson y le expliqué como utilizar el DVD. El disco objeto y parte de todas las pruebas, una enciclopedia multimedia de pinturas de Editorial Planeta, fue también juez y emitió sentencia. Cuando escuché que un afamado pintor del siglo XIX Delacroix (o algún otro, no recuerdo el nombre con certeza, lo siento) sufrió de tuberculosis en la garganta, fue tal mi impresión que todas mis enaguas se mojaron.

Y esto, ¿por qué, preguntará cualquier persona que se precie de no ser metiche implacable? Pues sepa la madre, pero he traído desde hace ya varios meses una infección recurrente en la garganta, infección que se precia de desaparecer a la menor aparición de un antibiótico de baja potencia (léase Pentrexyl y demás salvajadas que se administran en un régimen automedicado). Suponiendo lo peor, Medea (o sea, su mismísimo charro paretiano) fui algunas semanas (3) antes de acabar clases al consultorio de una atenta otorrinolaringóloga, sito en la Dirección General de Servicios Médicos de Ciudad Universitaria (o como se llame la "dependencia"). Acudíría el día después a realizarme un exudado faríngeo. Fui advertido: "Regrese y saque cita en diez días". Nunca conté con el cierre de semestre más estresante (que no extenuante, ha habido peores) que he vivido en mi juventud divino tesoro.

Por supuesto que el horror que me causó la mención de la tuberculosis en la garganta no podía ser gratuito. Al otro día tenía cita con la otorrino, para saber el resultado del exudado y cultivo.

La noche la pasé mal, entre recuerdos de haber leído en algún número perdido de Conozca Más entre 1994 y 1997 (revista que consumí con la fruición con la que los chicos en el Salesiano se disputaban los socrridos y sabriteros tazos) que me participaban lo crudo del tratamiento: el tratamiento de la tuberculosis dura un año. No quería decidirme, ir o faltar a la cita con un destino que se dibujaba lleno de jeringas y medicamentos...

Al día siguiente, me levanté temprano, sin poder evitar un retraso de diez minutos (los ciclos viales han visto alterar su ritmo habitual después del Metrobús, que el Dios tenga al Peje en su gloria y nunca lo retache para hacer más "vialidá"). La doctora me recibió y me preparé para las noticias, cual Fox alistándose para ir a la marcha por la democracia (sic!).

-¿No habías podido venir por el semestre, verdad? Sí, mira, tienes una bacteria, el exudado dio positivo para estreptococo, es una bacteria agresiva, que puede causar lesiones o abrasiones en la piel, dolor en las articulaciones que te incapacita para salir, complicaciones en los riñones y hasta fiebre reumática, que afecta al corazón - su sexi-servidora lívida y pensando "lo mismo le dio a mi abuelito y hace dos años le pusieron marcapasos, casi revienta"-, por lo tanto el tratamiento será también agresivo. Te mandaré inyecciones cada 21 días, tenemos que erradicar a la bacteria, como ahorita estás enfermo, también te mando medicamento, como la inyección es fuerte te esperarás dos días, también tienes que avisar a tus familiares más cercanos para que se hagan un exudado, también a tu pareja.
- No tengo pareja -respondí, serio-.
- OK, de todos modos personas con quienes hayas tenido contacto directo deben hacerse el examen. Nos veremos en seis meses.
Tras una revisión (innecesaria, el diagnóstico estaba hecho), regresé temblando a mi silla.
- Una pregunta, doctora -la costumbre de llamar a un médico especialista como doctor es de antaño regla en las tierras de Tenoch-. Salgo de viaje en algunos días.
- ¿A dónde? -preguntó, entre aburrida e interesada de súbito por el destino de su joven vector infeccioso.
- A Alemania. Creo que me tocará llevarme una dosis de Benzetacil.
- Así es. No debes tener ningún problema. Mi cuñado vive en Alemania. Si te revisan, lleva la receta que te di. A él lo revisé una vez, y le receté una medicina que se llevó de regreso. Ni siquiera lo revisaron.

De inmediato mis pasos me llevaron fuera y de regreso a los diez minutos. No quería, no podía creerlo. Seis meses de tratamiento por una pinche colonia de bacterias viviendo de mi garganta, de mis mocos y de mis flemas, seis meses para erradicar a inquilinos que de seguro pertenecen al Frente Popular Francisco Villa o demás grupos de interés invasores de predios, apóstatas de la verdadera fe del capitalismo: la vigencia de los derechos de propiedad.

- Doctora, ¿le aviso a una pareja ocasional que tuve?
- Sí, eso sería lo mejor.
- OK, ¡gracias!

Discurrí: no fue tuberculosis, Dios te rebajó el castigo: seis meses sin intereses, nueve piquetes en total. Llegué al cubículo 214 de la División de Estudios de Posgrado (el corralito de los Dussel boys como yo) y me di a la tarea de googlear "Streptococcus". La doctora me prescribió el tratamiento estándar, el riesgo de contagio es bajo (se necesita verdadero contacto directo con los humores del agente infectado, léase besos franceses como los que me puse en cierto faje con cierto psicólogo maltrecho antes de los finales aquí en mi sacrosanto lugar de trabajo) y la enfermedad no tratada degenera en todos los síntomas que describió (el internet es sabio recurso para los obseso-compulsivos como uno: fotografías incluidas que dieron al traste con mi postrer estabilidad emocional).

Hablé con Cintia, le hablé a mi madre y le comenté lo que pasaba. Por única respuesta recibí: "Qué bueno que fue eso y no otra cosa peor, hijo". Medea se disolvía. Llegada mi compañera Lorena, le comenté que como compartimos utensilios tan llenos de gérmenes como teclado y ratón, ella y Luis Daniel se tendrían que hacer el exudado.

Todos a mi alrededor lo tomaron a chanza. Quizá sea ésta la única reacción que puede derivarse.

You'll meet an army of me

Decidí salir temprano del trabajo y no terminar las cosas. Fui con Cintia a Coyoacán, acompañados como estábamos de una pertinaz si bien ligera lluvia. Más o menos repuesto del shreckierende shock de la mañana, llegamos temprano a casa. Nos recibieron la cara larga de mi madre y la leche fría que acompañó nuestra merienda comprada en El Globo. Cintia me acompañó a Wal*Mart a comprar las medicinas (baratas, sólo trescientos cincuenta y tantos pesos); yo hice lo propio a su casa y regresé, a las 9 de la noche, a Plateros. Subí la pronunciada cuesta de la Avenida ídem y llegué al departamento de mi tía Laura, a quien sin más dilación le solté la verdad. "Tengo una bacteria, vine para que me inyectaras".

Había interrumpido la película que rentó César mi primo y que veían en ese momento los tres: mi tía, César y otro primo de Coatzacoalcos que vive y estudia en un Colegio de Bachilleres del Estado de México en Chalco. Al ver la cajita que lee "Benzetacil" mi tía puso cara de espanto. Me resulta sorprendente que yo hubiera respondido "Leí en internet que es muy dolorosa, no te preocupes, qué se le va a hacer". Mi tía preparó la suspensión, y mis primos me dieron ánimos con una obviable plática sobre el viaje que tengo a la vuelta de la esquina.

"Mejor ni mires". "Ay, ya se tapó". Mi tía hizo mutis de su cuarto. Imaginad a Medea apoltronada boca abajo, a calzón quitado, con las dos nalgas húmedas de alcohol, esperando la venida de Jesucristo, aferrándose de la almohada como si se le fuera la vida en ello (detened la imagen, basta de pensamientos pecaminosos). Mi tía regresó, y como bólido, procedió a inyectar un millón doscientas mil unidades de un compuesto de penicilina. Pude imaginarme a la suspensión abriéndose paso entre mis apretadas fibras musculares. Así lo sentí.

El dolor fue tremendo. Si considero que ya sufrí del apéndice, y que esa dolencia de valor x produjo el dolor más fuerte que jamás experimenté, el dolor por la inyección fue de 0.25 x en su culmen. Me quedé echado por cinco minutos. Mi mente, en busca de algo que aminorara el dolor, acudió a una divertida figura: Pedro Picapiedra, vacunado por una encantadora enfermera con una jeringa "para brontosaurio".

En fin, qué más puedo decir. Salvé el doloroso trance y me quedé a cenar.

Encargo

Véase por favor el adorable blog de Loul, en cuyo departamento me quedaré cuando vaya a París...
http://blogdeloul.over-blog.com

3 Comentarios:

A la/s viernes, julio 08, 2005 10:58:00 a.m., Anonymous Anónimo dijo...

Oh, oh, oh, Medea enferma y encamada está ¿Ahora, quién podrá culturizarnos? ¡Pues claro, quién más sino Fundación Televisa! Ajua, ajua, ajuayei Oh, oh, oh, demasiado eufórico estoy y adolorido también. I hate ácido láctico. Chin. Como sea. Eniweys, ¿Cuál es la diferencia entre el adiós y el hasta luego? Pues creo que el segundo es más ateo, porque el primero es a-dios, y el segundo sólo hasta luego. Habrá que mandarle una carta a la divina lengua española (como la de los Rolling Stones) para que quiten esa herejía del mal e instaruen -si dios quiere- un lenguaje más papal. He dicho.

 
A la/s viernes, julio 08, 2005 3:37:00 p.m., Anonymous Anónimo dijo...

jajajaja...definitivamente no creo ke se pudiera decir nada màs. Por otro lado creo ke kien nos culturiza ahora no es Televisa, más bien, la manipulación mediática general y masiva...Televisa solo es una parte.

 
A la/s lunes, julio 11, 2005 1:04:00 a.m., Anonymous Anónimo dijo...

Debería haber un premio o de menos un diplomita firmado por la UNAM (con valor curricular) por leer posts largos ¿no cree? Welcome to brainless club. ¿Será que las drogas por fin están haciéndome daño? Dios las bendiga... sigan así muchachas.

 

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