IHV: in homo, veritas

croon, v.i., v.t. 1. to sing or hum in a soft, soothing voice -n. 2. the act or sound of crooning -n. 3. croon/er, e. g., Manuel aka Medea Tangerine / Medeo Mandarino / Beso insaciable en mudanza a Ceres, on "How to live as a found 21st century crooner" 4. to love an angel with silver wings like I do: a ciegas, en Braille, como quieras

24.6.06

Houston (tercera parte: lunes 23 de enero de 2006)

Despertamos aquella mañana abrazados, en la dulce cama Westin. La habitación estaba iluminada por una luz diáfana, algo mortecina: la niebla dejó las ventanas en menos tiempo como el día anterior: lloviznaba y hacía viento. La ropa, desperdigada; las bolsas de las compras, esparcidas por toda la habitación. Libros de Barnes & Noble se amontonaban contra figurillas de Disney para nuestras respectivas colecciones. Hicimos el amor por última vez en aquella dulce cama. Descansamos un poco: tú veías televisión mientras yo dormitaba a su lado. Sus exclamaciones -de sorpresa entrecortada- me despertaban de a poco: al "ah" le sucedía el "oh", las exclamaciones que sólo sus labios pueden y saben pronunciar derritiéndome... Mi novio se puso su traje de baño e intentó infructuosamente nadar en la alberca descubierta del piso tercero. Raudo regresó a nuestra calientita alcoba.

Nos duchamos. Ya vestidos, decidimos salir al mall y a la ciudad. Desayunamos café de Starbucks que yo preparé, el pan, la barra nutritiva y los jugos (oh Snapple, por qué ya no te importan más a México) que la noche anterior compramos en la gasolinería cercana al mall. Empacamos frenéticamente: el cuarto se entregaba a las 12:30. Besos furtivos en el elevador nos acompañaron a la recepción. Dejamos la llave, y con el concierge abandonamos nuestras maletas. Salimos a The Galleria. Era ya el último día, y era menester aprovechar cada minuto.

En Houston no había hecho tanto frío como en el último día. Decidimos caminar con destino a la ciudad. Alguien nos había dicho la víspera que Downtown estaba a 6 millas de Uptown. Decidimos acortar la distancia, esperando encontrar un autobús o similar que nos hiciera la vida más fácil. Caminamos como novecientos metros en una banqueta que por momentos desaparecía, dando paso a la arena arrastrada por los vientos bravos del Golfo de México, pasando por pequeñas y lujosas plazas comerciales de las marcas más exclusivas, por pequeños clubes nocturnos y zonas residenciales de colores tristes.

Un camión pasó al poco tiempo, casi justo cuando llegábamos a una parada. Lo abordamos. Nos sorprendió in extremis lo bilingüe de las instrucciones. Podría decirse que Houston habla español. Pasamos por barrios varios: muy elegantes algunos, muy Shantyville otros. Me encantó en lo particular un cine y diner construido en la tradición arquitectónica de los años cincuenta. Lenta pero inapelablemente, se empezaba a recortar en el cielo la silueta de los céntricos rascacielos de la cuarta urbe más grande de Estados Unidos.

El Erario ya había estado en Downtown Houston, y sin embargo no podía evitar el azoro y la expresión boquiabierta. Houston ya no vive el gran auge económico de antaño: sus edificios así lo acusan. Es como si toda la arquitectura de los años noventa, tan geométrica y yuppie a la vez, se manifestara de lleno, estrellándose en las caras del despreocupado visitante. Las soluciones espaciales sorprenden. Caprichosas formas me recordaron a la vez mi extraña relación de amor y odio con el desarrollo inmobiliario mexicano en Santa Fe y el buen sabor de boca que dejó en mí Frankfurt am Main. Puentes entre edificios privados que cruzan las calles y banquetas de mármol dan prueba fiel de que el excedente petrolero capturado como renta monopolística ha sido bien invertido en Texas.

Para ser honestos, nos sorprendió acusadamente la casi ausencia de personas deambulando en las calles de Downtown. La zona, que suponíamos repleta a esa hora, lucía desangelada y sin gente. Policías a caballo, oficinistas despreocupados con café y donut en mano, rollizas joggers que no tenían más apuro en esta vida que cruzar cuando el semáforo daba el siga.

Caminamos sin rumbo fijo. Rodeamos un parque y vimos un edificio muy à la Neuve Angleterre, decorado con estrellas, que resultó ser una sobria biblioteca estatal con una parvada de cuervos procurándose el alimento diario en el césped. Comenzó a hacer mucho frío, y a pesar de que llevábamos buenas chamarras, nos quejábamos de vez en cuando. Enfrente de la biblioteca encontramos el City Hall, la oficina del alcalde de la Ciudad, serena a esas horas de la mañana.

El Erario y yo sufrimos ante la mera visión de la biblioteca pública: del tamaño de la Biblioteca Nacional que resguarda la UNAM, su arrolladora presencia nos confirmó lo que ya sospechábamos: en Houston se puede vivir muy bien, con todo y que no sea una urbe de declarada vocación artística o intelectual. En la recepción de la biblioteca encontramos una de las vacas del CowParade cuando éste visitó a Houston, pintada de verde y con signos de dólar. En ese momento recordamos a Kike.

Downtown abunda en parques de tamaño mediano con áreas de recreación para niños y adultos, ideales para leer con un buen y cargado café de Starbucks como compañía. Vimos The Paso Corporation Center for Arts and Education, un edificio harto vanguardista. En la acera de uno de los tantos parques que cruzamos nos tomamos la que considero nuestra foto más divertida: los dos abrazados y sacando la lengua al mismo tiempo.

Houston se nublaba cada vez más. Pasamos por el Bob Casey States Court House, y nos acercamos al edificio rojo con techo que de lejos parecía pagoda china, sede de un banco. En el Bank of America Center encontramos obreros predominantemente latinos que recorrían afanosos los marmóreos pisos pulcros del edificio. Las paredes de los elegantes vestíbulos de proporciones idénticas en todo a la nave de la Basílica de Sacre Coeur. Nos tomamos una foto con el reloj al centro de la nave y salimos al frío de la Ciudad. Cuando salimos leyendas pegadas en el suelo rezaban Wet Paint para que no se sufriera las inclemencias de la pintura vinílica recién aplicada en los barandales.

Al salir nos dimos de lleno con la zona cultural (y el Houston que como tal recordaba el Erario). Esta parte de la Ciudad me recordó a Rotterdam y a su fabuloso complejo Cinelux. Llegamos a Bayou Place, una plaza que cumpliría las funciones de Loreto en Houston: cines, bares, teatros de revista musical, todos tenían su sede aquí. No daban Brokeback Mountain. Ahí estaba el Verizon Theater y el Hard Rock Café. Nos tomamos fotos enfrente del Gus S. Wortham Theater Center, la sede de la compañía de danza y la orquesta sinfónica de la Ciudad, el mismo lugar que el Erario había visitado pocos años atrás para ver The Nutcracker. Su rostro era la muestra viva de la emoción y el recuerdo. Dimos un breve rodeo y nos tomamos fotos con el Theater Center y con uno de los ríos que atraviesa la Ciudad de fondo.

Entramos al Theater Center. Sólo pudimos visitar la planta baja y admirar las esculturas que adornaban las escaleras, muy parecidas a la escultura de Dalí que ahora mismo se exhibe en el Museo Soumaya merced al patrocinio (¿mecenazgo?) del Ing. Carlos Slim. Dos de las fotos que tomé del edificio le corresponde en exclusiva al Erario, quien me la pidió para postearla en su sitio. La primera no la ha subido, y corresponde a las escaleras del Theater Center. La otra
ya está desde enero en su blog.

El día se despejó. Un edificio más bien divertido nos esperaba. Un intérprete de chelo de 8 m se afanaba por sacar de su instrumento notas preciosas. La afortunada intervención de las bocinas Bose así lo permitía. Nueve despachadores metálicos de periódicos en fila nos dieron la bienvenida. Otros tres músicos, pequeños ellos, violín, bajo y flauta acompañaban al mayor. Nos tomamos fotos con el enorme músico blanco reflejado en las limpias ventanas del edificio al que el conjunto escultórico alegraba.

Inagotable se veía estupendo, enfundado en su chamarra negra de Zara, con el cabello corto y sus tenis Lacoste. Pasamos por el Theater District y por un conjunto habitacional muy agradable. Y así llegamos a Main Street, la calle de Houston más moderna y agradable, con el metro (más bien tranvía) surcándola por en medio. La calle ha sido sujeta a un programa de renovación intensivo, que la ha dejado estupenda, remozada, moderna. Los edificios tienen un aire de decadencia que deja entrever la posibilidad de que haya sido una zona más bien abandonada de la Ciudad durante mucho tiempo.

Por momentos hay personas sin hogar deambulando entre la basura con fuentes armonizadas para saltar al unísono a un mismo tiempo. El tranvía transita por encima del agua. Un anuncio rezaba: “As we build our city let us think that we are building it forever”. Pasamos por dos pasteles a una cafetería cuyo nombre no recuerdo. Un hombre evangelizaba en voz alta. En el aparador de una tienda departamental observé que la etiqueta “Who do you love?” encuadraba muy bien con una foto del Erario. No tardé en pedirle que modelara para mí.

A lo lejos, vimos el Hilton Hotel y el Toyota Stadium, sede de los Texans de Houston. Regresamos lentamente a nuestro punto de partida. Los edificios más sorprendentes aún estaban por venir. Pasamos por el Houston Police Department, sede de la paranoia de la ciudad. Era esta una zona menos urbanizada: se construían dos o tres rascacielos nuevos. Estábamos en Skyline District. En la parada de un autobús nos sorprendió una pancarta pegada por el New Black Panther Party: las fotos de los cabezas de la administración Bush, Cheney, Rice, Rumsfeld y Bush Jr. himself, los exhibían y denostaban como asesinos por la guerra contra Irak y las bajas americanas en batalla.

Y he ahí que encontramos un rascacielos con restaurante en las nubes. Le pedí al Erario que subiéramos para ver si podíamos ver la vista. A esa hora (circa las tres y media de la tarde) no había nadie. Tan pronto salimos del elevador un atento mesero y un no menos acomedido barista nos preguntaron si deseábamos almorzar. Ante nuestra negativa y traviesos ojos divisando el panorama, nos invitaron a salir al balcón.

Y henos ahí, enfrentados a rápidas ráfagas de viento, al clima frío y a la vista más fabulosa de la Ciudad que jamás pudimos tener. Los edificios se amontonaban unos con otros, las nubes se abrieron un poco y el sol salió… Vimos todo lo que ya habíamos recorrido a pie desde el aire. La visión era inspiradora. Mi nene dijo inmediatamente “Esto es como en ‘Abre los Ojos’”. Yo no vi esa peli pero si fragmentos del remake con Tom Cruise, Cameron Diaz y Penélope Cruz, “Vanilla Sky”. Y sí, si de ver rascacielos se trata, las dos películas abundan en ellos, en la voluntad del hombre por hacer torres cada vez más altas… Arañar el cielo, rascarlo, sentirlo… Y en Downtown Houston todas las torres parecían gritar por no lograr lo que tanto anhelaban. Las mejillas heladas no bastaron para sabernos partícipes de un momento irrepetible y conmovedor. De la blogósfera a la cima de un edificio en Houston, en dos meses…

Regresamos al Hotel en el camión. Mi chico me contó que en “Crash” un negro le dice a otro negro que él jamás abordará un autobús: “Los ventanales son demasiado grandes para que los negros se sientan observados por los blancos en autos y se sientan aún más humillados”. Como fuera, no tuvimos remilgos para subir al eficiente transporte. Una vez llegados al Hotel, nos encontramos a la persona más inesperada en todo el viaje: Jorge Emilio González Torres, de profesión junior y presidente del Partido Verde en sus ratos libres, se paseaba con dos amigos (muy de gremio… ¿Será posible que…?), atravesaba la calle con dirección a nuestro hotel. Muy de shopping todos, nos miramos ellos y nosotros con ese dejo indiferente que comunica al otro: “aquí, todos somos mexicanos”.

La pista de hielo de The Galleria estaba vacía. Tan solo un chico de aspecto muy femenino se contoneaba con música inexistente. Fuimos a comer al restaurante de comida cajun por última vez. Pasamos por las últimas tiendas: Abercrombie and Fitch (compramos dos camisas, una blanca para él y una color azul para mí) y Gap (donde compramos unos tenis que son deliciosos para caminar, estilo “jubilado de shorts y calcetines blancos en Florida”, el Erario dixit). Regresamos a por nuestras cosas con el concierge. Un poco apurados, atinamos a pedir un taxi.

Sintonizada una estación de radio de música cristiana, mi baby acusó la falta de sueño en la camioneta. Nos despedimos de Houston. La noche llegó. El enorme aeropuerto se encontraba desolado. Las medidas de seguridad en el vuelo de regreso fueron casi inexistentes. Sólo nos encontramos con nuestros compañeros de vuelo: el funcionario de la Secretaría de Energía con su esposa mexicana y su niña nacida en Estados Unidos. Se fueron, muy tranquilos, a sabiendas de que entre aquellos dos chicos que voluntariosos se ofrecieron a tomarles una foto había algo más que amistad.

El avión volaba con poco menos de la mitad de los asientos vacíos. Nos quitamos el calzado, nos acomodamos y nos pusimos a leer. Mi novio se concentró en la lectura del libro de “The Simpsons” que compró en Barnes. Su cara entera de niño me colmó de felicidad. El vuelo, a pesar de un capitán (no precisamente Albores) que pretendió hacerse el chistoso, fue placentero (repetimos ración de comida). Nos dimos besos a 11 mil metros de altura… Y de pronto, la luz de la Ciudad de México nos sorprendió. La última foto del viaje nos mostraría cansados pero contentos. Y emprendimos el penoso paso por migración y aduanas. Tomamos un taxi, que pasó por Iztacalco y Churubusco, para llegar finalmente a su casa. Sacó la camioneta y me llevó a la mía. Nos despedimos con un beso…

El mejor viaje de mi vida (hasta entonces) había terminado. Todo parecía un sueño. Habíamos escapado de la ciudad. Regresábamos a nuestras familias, a nuestras vidas, a los días de uno de los meses que recordaré con el mayor de los agrados hasta que mi consciencia se extinga.

2 Comentarios:

A la/s lunes, julio 24, 2006 8:04:00 p.m., Anonymous Anónimo dijo...

Delicioso viaje, me recuerda aventuras propias por ciudades desconocidas, que afortunados son Erario y tu de tenerse mutuamente. El cuento publicado en Gosh ! me recordo un poco el estilo de Cristina Pacheco, tan crudo, tan real, tan impactante, me dejo triste pensando en las veces que esa historia se repite.

Saludos Californianos a 105 F.

Alex Carballar

 
A la/s viernes, julio 28, 2006 1:10:00 a.m., Blogger M dijo...

Alexu: Y sin embargo, yo creo que lo lindo no es tanto tenernos mutuamente, sino compartir la vida, las experiencias, los pasos, los caminos y los días... Cada quién es su propia persona. Gracias por tu opinión sobre el cuento: tanta crudeza me resulta ahora ríspida e innecesaria. Mi teclado escribe ahora cosas menos crueles...

 

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