IHV: in homo, veritas

croon, v.i., v.t. 1. to sing or hum in a soft, soothing voice -n. 2. the act or sound of crooning -n. 3. croon/er, e. g., Manuel aka Medea Tangerine / Medeo Mandarino / Beso insaciable en mudanza a Ceres, on "How to live as a found 21st century crooner" 4. to love an angel with silver wings like I do: a ciegas, en Braille, como quieras

30.1.06

Houston (primera parte: sábado 21 de enero de 2006)

El sábado desperté a las cuatro y media de la mañana. Había dormido apenas tres o cuatro horas, gracias al desplante de poder de mi hermana al no prestarme la portátil de mi padre para vaciar la memoria de la cámara. En fin. Una ducha aminoró el cansancio acumulado. Mi padre tuvo a bien acompañarme a la entrada de la Unidad en la cual me recogería a las 5 h el supuesto taxista que le hace servicios a mi jefe. Pasaron los minutos. Se hacía tarde. Llamé a mi baby y lo puse al corriente de la situación. Si no llegaba a las 5.20 h pediría un radio taxi y lo recogeríamos, para luego ir al aeropuerto.

Mi padre (amenaza velada de que las cosas podían no salir bien) se ofreció a llevarme al aeropuerto. Me negué, argumentando que mi jefe deseaba las facturas del taxi. El taxista (hombre de inmensa humanidad) se apersonó en un Tsuru, con música rap, muy poco ad hoc para la ocasión: mi baby y yo estábamos a punto de viajar al extranjero, después de dos meses de encontrarnos en Internet, a tan sólo veintitantos días después de vernos de frente por vez primera. El taxista avanzó rápido y señero por las avenidas. Tomó Churubusco, llegamos en un santiamén a casa de mi chico. Lo recogimos y seguimos el camino por Calzada de Tlalpan, su mano y la mía unidas como si siempre hubieran estado así. Bromeábamos, comentábamos los posts de los blogueros, ultimábamos los detalles.

Y llegamos al Aeropuerto. Pagué el taxi ($180). Llegados al mostrador de Aeroméxico, recibimos nuestros pases de abordar. No documentamos maletas. Cambiamos los últimos pesos a dólares en Consultoría Internacional. Compramos café en Starbucks y papas hash brown en McDonald’s; mi nene llevaba mantecadas Bimbo, y desayunamos en la zona de comida rápida, con nuestras maletas y mochilas (dos y dos) desperdigadas alrededor. Cercana la hora, fuimos a la sala. Ya en zona restringida, compramos un Absolut Tangerine en el Duty Free, hojeamos la National Geographic en Español (con un interesante artículo sobre la proximidad del amor y del transtorno obsesivo-compulsivo) y nos abrazamos cuanto quisimos: éramos de hecho libres para expresar nuestro amor. Hablé a mi casa para avisar que ya pronto salía el vuelo, me contestó mi mamá. Las salas de espera del aeropuerto son grises y frías; a mi niño le traen recuerdos tristes. El avión empezó a abordar: fuimos de los últimos en tomar asiento. Sorprendentemente el avión estaba casi lleno. Pero tuvimos la buena suerte de contar con una fila sólo para los dos. Despegamos en el vuelo AM 472 en los asientos 10D y 10E, a las 9.15 h. Mi niño se quitó los tenis y tomó una foto estupenda del Eje Volcánico Transversal, yo me quité los zapatos tan pronto como estuvimos a altitud de vuelo. Íbamos abrazados, felices, enamorados: la mayor parte de los pasajeros ni se inmutaron por nuestras caricias y si se dieron cuenta optaron dichosamente por dormirse o voltear a otro lado. Nos sirvieron un almuerzo: mi niño pidió burritos, yo me quedé con el omelette; obviamente compartimos. A la duda que nos asaltó ante la oferta de una sobrecargo (“¿Una forma aduanal o dos?”) siguió su comentario divertido: “No lo nieguen, chicos, no lo nieguen, ya los vimos, no nieguen lo que son”. Nos reímos.

Un lago y las primeras urbanizaciones nos avisaron: estábamos llegando a la zona metropolitana de la cuarta ciudad más grande de Estados Unidos. Tras el aterrizaje, y mi forzosa parada en los sanitarios, encontramos la insufrible fila para pasar la revisión migratoria. Delante de nosotros iba una pareja mexicana: él funcionario de la Secretaría de Energía, ella empujando la carriola con su pequeña hija de poco más de seis meses. Iban al Marriot; nosotros nos quedábamos en el hotel The Westin Oaks. El primer encargado de revisión nos permitió pasar juntos, como amigos. El oficial de la Homeland Security me regresó: primero tenía que pasar mi chico, luego yo. Quizá más cansado que mal encarado, el oficial afroamericano me preguntó la última vez que había ingresado a los Estados Unidos. Tras la obligatoria toma de fotografía y de huellas digitales de los dedos índices, seguimos nuestro camino: librando las aduanas mi baby fue retenido dos minutos por un oficial de harto animus jodendi. Salimos, y buscamos información sobre las rutas de transporte a Uptown, donde estaba nuestro hotel y el centro comercial The Galleria. En español (la ciudad es casi bilingüe) una señora nos dijo que lo mejor era tomar un taxi. Abordamos una camioneta Voyager. El taxista (de árabe apellido) nos llevó diestramente por las frecuentadas carreteras a nuestro destino. Mientras recorría las autopistas, mi nene recordaba aquí y allá sitios que ya conocía. Parecíamos niños, así estábamos de emocionados: habíamos interpuesto mil y tantos kilómetros entre la (in)noble Ciudad de México y nosotros…

Llegamos a The Galleria. El taxista nos dejó en The Westin Galleria. Los dos hoteles están en la plaza, y en otras circunstancias no nos debería haber importunado demasiado: sin embargo, cargábamos con nuestro equipaje de peso mediano. Cruzamos toda Galleria con nuestras maletas y mochilas en los brazos: nos veíamos (lo reconozco) muy chistosos, muy turistas, perdidos en el mall y buscando el acceso a The Westin Oaks. Entramos al sótano del hotel: se celebraba una hispanísima y copiosa convención de Omnitrition. Bien nutridos con la malteada promocionada (sabía a licuado de plátano), subimos a la recepción. Mi chico hizo los trámites necesarios con la reservación de American Express, yo esperaba y cuidaba las maletas. Nos ahorramos la propina al botones: cargamos con nuestras cosas hasta el piso 18 del hotel, un non-smoking floor. Tan pronto las dejamos en el suelo, disfrutamos de la vista a los rascacielos de Uptown y a los del (lejanísimo) Downtown de la ciudad.

La cama Westin sufrió entonces el primero de nuestros embates: sin embargo, optamos por el suelo para culminar un orgasmo que recordaremos porque nada se interpuso entre nosotros. Fuimos uno, uno solo: nunca olvidaremos la beatífica sensación de formar un solo ser el uno con el otro.

Tras vestirnos, lo primero que hicimos fue bajar a Galleria. Vimos la pista de hielo (todo el fin de semana repleta de infantes) y la zona de comida rápida. En Big Easy Cajun comimos el peculiar estilo de cocina de la zona de New Orleans, Mississipi y el Bayou con un toque oriental inconfundible (nótese que este restaurante era de obvia propiedad y administración china con empleados mexicano y centroamericano). Nos detuvimos en una tienda de discos de música y video. Mi baby compró una peli que rescaté de entre los saldos. Luego subimos al primer piso. Entramos a la Disney Store. Niños que a final de cuentas todos somos, asaltamos las existencias. Compramos peluches y juguetes. Yo agrandé mi colección de la película Lilo & Stitch… Fuimos a una tienda de calendarios, donde mi baby aprovechó las increíbles ofertas para comprar regalos a su familia. No podíamos dejar de visitar la tienda del Metropolitan Museum of Art of New York (a donde definitivamente tendremos que ir juntos algún día, baby), donde adquirimos dos agendas de formato mediano con información detalladísima sobre Van Gogh y mi niño, una pequeña agenda metálica y un utilísimo conjunto de biografías de Grandes Pintores en tamaño pequeño. Pasamos por Elements, una tienda de artículos de papel (sobres, hojas, sellos, pisapapeles) donde el dependiente de gremio tuvo (¿la gentileza? ¿el atrevimiento?) de meter la rebelde etiqueta de mi saco “para no enloquecer a nadie”. We drove our way out as soon as we could… Nos tomamos fotos en la fuente animada que es la atracción para chicos y grandes en la mitad misma de la plaza. Nos dimos una vuelta por las tiendas Apple y Sony (hace falta dinero… y el IPod Shuffle estaba desoladoramente agotado) dos o tres tiendas de videojuegos –a mi baby le encantan: yo comprobé mi absoluta inutilidad para la tercera dimensión en tan sólo un simulador de consola X-box (¿será consolador que simula?).
Fuimos a Bath & Body Works, donde compramos tres velas de olor mandarina (una para la mamá de cada uno y otra para nosotros). Pasamos a Gap (compré guantes) y a Banana Republic (mi niño se compró unos pantalones que le quedaron estupendos). En esta última tienda nos encontramos con otra pareja mexicana del gremio: dos hombres a mediados de la treintena abastecían su guardarropa cargando consigo sendos cafés Starbucks. Cumplido el encargo de mi mamá (una botella con pastillas de vitamina E de GNC), fuimos por último a Aéropostale: nos compramos dos sudaderas idénticas, color azul claro, muy padres.

Regresamos al cuarto. La verdad no teníamos mucha hambre: las porciones servidas en la comida cajun fueron harto generosas. Descansamos un momento y luego salimos al frío de la noche. Caminamos una milla: ignoro en qué dirección avanzamos, pero entre nuestras imitaciones de la Barbie Condechi (a Flavio las gracias por recordarla en su blog) y nuestra crítica light al despilfarro del que hace gala la texana haute societé se nos pasó el tiempo. Mi chico tomó las fotos de los vecindarios que cruzamos.

Fuimos a una gasolinería cercana por jugos para preparar el vodka. Regresamos a la habitación. Fui a por hielos en la ruidosa máquina del piso, mismo aparato a punto de descomponerse. Parecía que estábamos sólos en todo el piso 18. No se escuchaba a nadie. Nos bañamos en la tina, nos relajamos bastante, tomando vodka preparado. Mi nene se emborrachó un poco más que yo…

“Eres el amor de mi vida”, dije.
Lágrimas de mi niño.
Mis lágrimas.
Mi llanto incontrolable.
Mi nene confrontándome.
Mi nene llorando conmigo.
Nuestro abrazo sincero y profundo.
Mi promesa (que si no la hice, ahora la escribo):
“Siempre estaré contigo. Como me dejes estar. Como sea. A ciegas, en Braille, como quieras”.

Mi nene y yo alcanzamos niveles de intimidad que (aseguramos) ni las parejas casadas tienen.
Nos dormimos abrazados, acobijados por nuestros cuerpos, haciendo que la ventana se cubriera toda de vaho que la mañana convirtió en rocío, en el dulce lecho Westin, a sabiendas de que Dios nos mira –y sonríe.

Te amo.
Ya te extraño.
Ya cuento los días para estrecharte otra vez entre mis brazos.
Ya cuento los días para volver a ser uno contigo.
Ya anticipo tu regreso.

6 Comentarios:

A la/s lunes, enero 30, 2006 3:08:00 p.m., Anonymous Anónimo dijo...

¡Claro que Dios mira a todos los seres que se aman y sonrìe! es la gente quien dice lo contrario.

Saludos a Lau a Mau y a Pau =)

 
A la/s lunes, enero 30, 2006 4:49:00 p.m., Anonymous Anónimo dijo...

Vaya, Don Mandarino, que ya los acompañé en su primer día en Houston.

Espero con ansias el relato del día siguiente.

 
A la/s lunes, enero 30, 2006 6:51:00 p.m., Anonymous Anónimo dijo...

All we need is love... ah, vaho en las ventanas.. marcaron sus manitas en él?... jijiji, buena la de las azafatas... dios, love is in the air... and it smell like tangerine...

 
A la/s martes, enero 31, 2006 1:15:00 p.m., Blogger M dijo...

Flavio: ¿Qué diría La Barbie Condechi? :)

Imoq: Todos los blogueros nos acompañaron a Houston. A todos ustedes los llevamos muy dentro.

Kike: No sólo las manitas... Y espérate a la chica Barnes & Noble. Puedes leerlo en el blog del Erario Inagotable.

 
A la/s viernes, febrero 03, 2006 6:11:00 p.m., Anonymous Anónimo dijo...

venga ya guapo! qué pasa con la crónica de los siguientes días??

te amo

 
A la/s sábado, febrero 04, 2006 3:13:00 p.m., Blogger M dijo...

Baby: Está madurándose en:
Cuerpo
Mente
Alma
Corazón

Te amo...

 

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal