Aquella madrugada desperté sudando y con una sonrisa en el rostro. El día había llegado. Mi exiguo equipaje (la maleta Adidas que compré en Alemania para transportar los numerosos libros y guías de museo que compré, la bolsa de dormir que me prestó mi tía Ana, merced a la agradecible intervención de mi primo, y mi mochila diaria y trabajada) estaba listo desde la noche anterior. Tan sólo había dormido dos horas, presa de la emoción que me causaba el tan ansiado encuentro con mi baby.
Mi padre se despertó cuando yo me daba un regaderazo. Mi madre se despertó para despedirme de la manera más amargada y solemne posible. Ahora sospecho que intuía correctamente: no viajaba a Centroamérica sólo por una oferta de trabajo, viajaba para vivir veintiún días con mi novio.
En camino al aeropuerto, las calles y avenidas de la Ciudad de México me resultaron frías, desoladas, un tanto aterradoras. Menos mal que mi padre me llevaba raudo al aeropuerto. No esperó a que documentara: me dejó con maletas y un abrazo en la puerta que da al mostrador de Copa Airlines.
Solo, con sólo mi niño en mente, aguardé a que me llamaran. Experimente un ataque de pánico seguido de sudor frío y alegría inmensa al pensar que había olvidado el voucher que amparaba la compra del boleto en casa. Para mi sorpresa, mucha gente volaba a Panamá a las seis de la mañana. La sala de espera estaba llena. Llamé a Cintia dos veces, una para avisarle que todo había salido bien, y la otra para despedirme. Llamé a mi padre ya desde el avión: pudo escuchar las instrucciones de seguridad a través de mi Nokia de penoso estado.
A las 6:05 de la mañana el avión despegaba. Cielo limpio, transparente. La ruta de vuelo: Veracruz, Tapachula, luego el espacio aéreo de todas las repúblicas centroamericanas hasta llegar a Panamá. Daban un bodrio de película (no atiné siquiera a saber el título), el desayuno y el periódico Crónica. Decidí diferir la lectura de este último y me concentré en digerir todas y cada una de las palabras de Recinto, de Carlos Pellicer, hasta que de pronto el cielo se despejó y el avión comenzó las maniobras de aterrizaje. Un rodeo a la bahía de Panamá me permitió mirar la impresionante entrada del canal y la abundancia absoluta y relativa de rascacielos en la ciudad.
No tuve ocasión ni ardía en deseos de deambular por el aeropuerto. Tan sólo diez metros me separaban del siguiente vuelo a tomar. A las 11:00 el avión salía con destino final a Tegucigalpa, y escala intermedia en San José de Costa Rica, el fin (y el comienzo) de todo mi camino. A los treinta minutos el avión abandonó su ruta por el Pacífico y entró a territorio tico por playas de exuberante vegetación, seguidas de un relieve complicado y montañoso. De regreso al horario de este meridiano, el avión tocó tierra a las 11:17.
Me apresuré a salir del avión. Tras completar ágilmente los trámites de migración, tocó sufrir la execrable espera de las maletas. Me consumía el deseo: a pocos metros estaba mi novio. Todas las células de mi cuerpo me obligaban a salir a su encuentro. Aparecidas las maletas, volé con ellas hasta un espacio de ventanales amplios tras los cuales innumerables taxistas ofreciendo sus servicios. Me asomé. Tardé en ver a mi chico unos segundos que parecieron horas. Ahí estaba él, saludándome con la mano en alto, camisa negra a rayas, pantalón de mezclilla, zapatos negros, chamarra de piel, sonrisa de oreja a oreja y ojos que me fueron negados durante dos largos meses. Salí, y me fue a encontrar a tres metros de la puerta. Salí, nos besamos y abrazamos. Salí, y nos dimos un beso, y la distancia y el tiempo se anularon.
Optamos por ahorrarnos los 18 USD del taxi que mediara los 18 kilómetros que separan al aeropuerto de San José y subimos al camión que nos llevaría a una céntrica plaza donde una triste y derruida iglesia en proceso de restauración mira a un parque silencioso y poco frecuentado. "Es increíble, al fin juntos de nuevo", le decía. "Qué fuerte, ya estás aquí", me miraba. Poca gente había en el autobús. Nuestras voces rompían el silencio observado por los escasos pasajeros. Nos fuimos abrazados casi todo el trayecto.
Llegados a la parada del autobús (no me atrevo a calificarla de terminal) tomamos un taxi. Chispeaba. La lluvia en San José parece no decidirse a convertirse en aguacero torrencial sino en contadas ocasiones. La ciudad, por tanto, luce desabrida y gris, nublada como sólo el valle central de una nación latinoamericana puede estar. Mi niño me mostró la ciudad en el camino. Vi así por vez primera la Catedral y el Teatro Nacional (que me recordó sobremanera a la Ópera Alemana en Frankfurt), el Mall San Pedro, los alrededores de su trabajo y el camino a su departamento, devenido nuestro piso de entonces hasta el 18 de abril.
Pagó al taxista. Subimos las escaleras, un segundo piso. Recuerdo que me gustó mucho el techo de madera. Nervioso pero feliz como estaba, mi novio tardó poco en abrir la reja de metal (triste recuerdo de la inseguridad en México importada a ticos lares) y la puerta de madera, que crujió como cruje con singular alborozo.
Que se cierre esa puerta / que no me deja estar a solas con tus besos. Pellicer tenía boca de profeta. No tardamos en abismarnos una vez más. Reconocer sus labios, palpar su lengua, saborear su cuello, sorber su aroma, fundirme con él… Me llevó a su cuarto, me tiró en la cama, le dejé hacer. Vista, tacto, gusto, olfato, oído: no hubo sentido que dispendiara la fiesta más anhelada que habíamos vivido. Aún me estremece el recuerdo de sus ojos: "Te necesito", me decían, cuando me tenía frente a él, dispuesto a recibirlo. Y libertamos así la esclavitud de la carne, y nos hicimos uno, con las ansias consumidas, sublimadas y consumadas en el más puro de los actos.
Hicimos el amor tres veces, a fuerza de sorbos de cerveza Imperial, de tragos que en su boca sabían mejor. En todo momento el aire que se colaba por su ventana no dejó de asediarnos. Por horas las maletas permanecieron en la sala, por horas yacimos los dos, él encima de mí, yo encima de él, disfrutando y regocijándonos de la más grande manifestación de afecto entre dos seres humanos. Cada mordisco, cada roce, cada beso, cada palabra, cada gota de sudor que se formaba en su frente, cada gemido, cada instante nuevo de placer resultaba apoteósico, magnificado por las circunstancias. Cada embate, cada penetración suya bastaba para afirmar y confirmar lo que sentíamos y sentimos: algo inasible por las palabras (por el amor que me nombra con el nombre sin nombre..).
No me había sentido tan amado y bendecido por Dios desde hacía mucho tiempo.
Nos duchamos. No habíamos terminado de conocernos: sospecho que a este hombre jamás terminaré de aprehenderlo. Eso me fascina. Nos sabemos en la misma medida queridos, en la misma medida dispuestos a intentar cosas nuevas, a trascender lo común, a caminar nuevas tierras. Teníamos hambre. Nos vestimos y fuimos caminando, abrazados y besándonos por las vías del tren al San Pedro Mall, a la hora en la que los chicos y chicas de la Universidad de Costa Rica salen de clases. El frío había arreciado, aunque resultaba menos oneroso salir con el recuerdo del calor recién vivido en la que se había tornado nuestra cama.
La plaza tica es variopinta e interesante. Conviven los negocios de venta de películas y videojuegos claramente piratas con algunas tiendas de corte claramente familiar. Entramos a una librería: no compramos nada, tan sólo nos entretuvimos leyendo revistas y ojeando libros… Apenas me familiarizaba con los colones, con los frescos (aguas frescas sabores mora y té helado). Pedimos una Coca y dos rebanadas de deliciosa pizza genérica. Comimos sentados en la terraza del área de comida rápida del mall.
Pasaba la tarde. Éramos felices. Bromeábamos. Platicábamos de todo, de México, de los amigos, de los blogs, de política, de su trabajo, de mis trabajos. Estábamos juntos. Se hizo de noche. Hacíamos tiempo para el concierto de una corista de Celine Dion, de Québec toda ella, del África sus raíces y su voz encantadora. El Jazz Café situado a pocos pasos de casa se vistió de gala. Alcanzamos una mesa algo alejada de la tarima, a oscuras. Una pareja y un grupo de amigas muy arregladas se sentó cerca de nosotros. Teníamos la barra enfrente. Dos deliciosas piñas coladas, la magistral interpretación de Summertime (so very us) y dos heladas cervezas Bavaria(me declaro fan absoluto de la marca y de su competidora, Imperial) después, podíamos decir que nos la pasábamos deliciosamente. Pudo menos el cansancio y más la dicha de estar con mi niño después de dos largos meses.
Salimos a las 12:30 del lugar. Regresamos al departamento. Nos desvestimos, y exhaustos, contentos y amantísimos, dormimos desnudos, hasta las siete y media de la mañana del siguiente día. Mi niño me abrazó por detrás: su espalda me cobijaba, su cuerpo dormía conmigo, su corazón me insinuaba cuánto me había extrañado. Jamás me he sentido tan protegido en la vida.
No tuve que soñar nada. Mi sueño ya era realidad: la felicidad (ya no dudo que exista) existe y se encuentra a tu lado.
Y todo porque ya no supe caminar sino hacia tí...