IHV: in homo, veritas

croon, v.i., v.t. 1. to sing or hum in a soft, soothing voice -n. 2. the act or sound of crooning -n. 3. croon/er, e. g., Manuel aka Medea Tangerine / Medeo Mandarino / Beso insaciable en mudanza a Ceres, on "How to live as a found 21st century crooner" 4. to love an angel with silver wings like I do: a ciegas, en Braille, como quieras

31.1.06

7:30 pm: inicio de la nueva cuenta regresiva

Supongo que lo supe.
Supongo que lo adiviné y que quise ignorarlo.
Si lo hubiera tenido en cuenta, el mejor mes de mi vida no habría ocurrido.
Si me hubiera paralizado, no habría conocido al niño-hombre que define la felicidad en mi mundo.

Es ahora momento de ser fuerte.
Y sin embargo, lloro.
Las lágrimas me asaltan cuando menos lo espero.
Cuando veo una camioneta como la suya.
Cuando percibo su perfume entre la gente.
Cuando paso por un lugar que terminó siendo nuestro.
Lloro como si me extirparan un órgano sin anestesia.
Lloro porque el miedo es demasiado grande.
¿Qué hacer sin él?

I had something like a life before.
But I knew life until I was with you
I shall return to my imitation of life
until you return to my arms.

La pregunta -una vez ormulada- se responde fácilmente:
pensarlo, soñarlo, sentirlo
acunarlo, abrazarlo, desearlo
amarlo
hasta que vaya yo a verlo
hasta que él regrese

Y sin embargo, el reloj sigue su cuenta.
Termina el segundo capítulo.
Apenas tuvimos tiempo para celebrar nuestro primer mes juntos.
Café negro derramado, banana split, malteada de vainilla, cheesecake de zarzamora
un Vips en Miguel Ángel de Quevedo, casi esquina con Pacífico
las pocas cosas que quedaban por decir
(ya todo estaba dicho)
nos quedamos tranquilos
nos besamos
(no olvidaré el sabor de su boca)
y vi como partía en su camioneta
(Cintia a mi lado, abrazándome,
diciéndome "aguanta, aguanta")
Más pronto que tarde, lloro.

Cintia y Jesús platican conmigo
me tranquilizan
me consuelan
me abrazan
lloro, y no hay motivo aparente
(no hay tal cosa como un no definitivo:
esto es tan sólo un hasta luego
no es un adiós).
Cenamos tacos en la Lupita.

Hablamos ayer noche.
Poco tiempo
(tiene que bajar a cenar).
Me dice, ve Brokeback
Le digo, no me pondrá triste.
Colgamos.
Soy fuerte.
Le llamo a su celular.
Última llamada:
Por tí seré fuerte, tranquilo, feliz
te amaré más

Veo Brokeback.
La película es excelente.
Pero evapora la fortaleza que había construido.
Me pone muy triste.
Mi cama es un lugar muy grande.
Me da miedo.
Mi imperio me da miedo.
No puedo pasar la noche.
Escucho el disco que me hizo...
"Y es que cuando te miro pienso que la vida es injusta..."
"Contigo... quiero salir contigo"...
O so his songs says.
Llamo a Cintia de madrugada.
No contesta.

Cinco de la mañana.
Me levanto.
"Supongo que todavía estará en casa".
Llamo.

De pronto ardo en deseos de verlo.
"Veré como despega su avión,
quizá me vea en el puente peatonal".
Voy en camino, en combi,
por Churubusco.
Le llamo.
"Me voy a las siete y media de la noche".
"He olvidado darte una cosa".

Camino de Churubusco a su casa.
Pienso en él.
En que no hay ausencia definitiva.
(Es como Yes, la peli que vimos, amor,
¿te acuerdas?)
A donde quiera que vaya
él va conmigo.

Lo veo.
No hay más palabras por decir.
Pero tengo el ingrato presentimiento
de que tiene miedo.
De que la expresión última de mi voluntad sentimental
- ir a ver su avión al aeropuerto-
le puede demasiado
(hasta a mí me resulta desagradable)

Le llevo el mechó olvidado de cabello
que el cortó con sus manos tersas
de mi cabellera.

Pasan sus papás, raudos.
Por estar conmigo no se despide de su papá.
Me siento pésimo cuando me entero.
"Quisiera no sentir este dolor que tengo
tendrá que pasar
pero primero tengo que sentirlo"
las lágrimas se agotan más o menos pronto
pienso en él
en la felicidad que trajo a mi vida
en su amor (el erario inagotable
que costea y costeará el país de los poemas)
Lamento no se haya conseguido una persona más madura
alguien que siguiera con su vida así de rápido
Lamento ser raro
y comprometerme demasiado
(externalidad
de conocer a un Manuel
que hasta a Manuel le resulta desconocido)

Mi niño está triste
veo sus ojitos verdes y me dicen que tiene miedo
(cuando menos, está desconcertado)
quisiera comerme ese miedo
quisiera cargar con su cruz
quisiera somatizar todo su dolor

Lo amo
Lo amo
Cada segundo más que el anterior y menos que el siguiente
Me acompaña a la parada
Cuarto microbús.
Un abrazo
Un beso

Y volteo
para ver como camina de regreso a su casa

Me hablará hasta mañana en la noche
desde la ciudad con nombre de santo padre putativo

Hay dos opciones:
entregarnos al miedo
o entregarnos al amor
Cada vez que lloro
lo abrazo a mi mente
le rezo a Dios y le pido lo abrace por mì
le agradezco a Dios porque existe...
porque vale toda la pena del mundo

porque mi amor da para ir al aeropuerto
y quedarme ahíì hasta que regrese.

Y entonces
recuerdo ahora
el algodón flotando
sobre nuestras cabezas
en el Zócalo
el 30 de diciembre.

Y entonces
recuerdo ahora
haberlo soñado
muy guapo
de camisa de vestir
y corbata azul y roja con
rosa
(como las que vimos en Houston)

Y entonces
recuerdo ahora
que se va mi mejor amigo
mi novio
mi hermano
mi amado amante
que lo dejo ir
porque yo lo sabía
porque es libre
porque no está en mí pedirle que se quede
porque lo amaré
porque lo esperaré
porque soy su tangerine
porque puedo vencer la depresión

esto es sólo una tristeza pasajera
podrá más saberlo bien
podrá más adivinar qué haremos cuando vaya
podrá más recibir correo suyo
podrá más leerlo
podrá más la fuerza de los días
la Tierra girará sesenta veces
y te veré
la Tierra girará noventa veces
y regresarás

y se iniciará el siguiente capítulo
habré aprendido para entonces
lo que es amarte de lejos
sin prisas
con la entrega que tu amor me pide

Perdóname
soy un niño
un chiquillo de secundaria
no me conozco

pero sé que esto es bueno
es lo más bonito que me ha pasado en la vida
y no quisiera verte triste
ni molesto
por mi culpa

Que todo sea como el domingo que regresamos del motel
contentos
enamorados
cantando Belanova y Amaral a todo pulmón

Este dolor deberá acabar pronto
nosotros podemos
yo puedo
tú quieres
yo quiero
tú puedes
Dará paso a mi escritura constante
a mi paso que observa
a mi vida que hace todo por tí
a mi sentir meditado que encontró en tí
todo lo que jamás pensó encontrar

I choose to live in love
and not to give into fear
You are coming back
I am going to visit you

this is too much perfection
for it to be real
(creámoslo, es real)
this is too much a miracle
for it to be a coincidence
(es lo más cerca que he estado de Dios)
so be it

todo es palabra
todo es diálogo

estudia
trabaja
sueña
vive
canta
espera
espérame

(la ausencia es sólo un paréntesis)
"te amo"es el libro completo
"te amaré siempre" es el nombre de la colección
que nunca terminará de ser editada
como cuento de Borges

A Dios le pido
que seas feliz
que te cuide
que te proteja

te canto
te bendigo
te pido perdón
te agradezco
te felicito
te digo hasta luego
te espero
te escribo
te hablo
te amo

30.1.06

Nuestro trébol de la suerte


Tú tienes dos de estos tréboles.

Question

Est-ce qu'il y a des autres choses qu'il faut dire?

Esto no necesita título alguno

Eres el amor de mi vida
El amor de tu vida (te cito) te sabrá esperar
Te amo

Dos nuevos posts, infra.
Tengo mucho miedo.
De pronto necesitaré de todos.
El huracán se avecina.

Nene, te amo.
Y en nuestro amor y en la fe confío.
Nos veremos hoy a las seis de la tarde.

Je t'aime beaucoup trop.
Ich liebe dich sehr, als ich es nicht glauben könnte.
Te amo.
A-morire.

Houston (primera parte: sábado 21 de enero de 2006)

El sábado desperté a las cuatro y media de la mañana. Había dormido apenas tres o cuatro horas, gracias al desplante de poder de mi hermana al no prestarme la portátil de mi padre para vaciar la memoria de la cámara. En fin. Una ducha aminoró el cansancio acumulado. Mi padre tuvo a bien acompañarme a la entrada de la Unidad en la cual me recogería a las 5 h el supuesto taxista que le hace servicios a mi jefe. Pasaron los minutos. Se hacía tarde. Llamé a mi baby y lo puse al corriente de la situación. Si no llegaba a las 5.20 h pediría un radio taxi y lo recogeríamos, para luego ir al aeropuerto.

Mi padre (amenaza velada de que las cosas podían no salir bien) se ofreció a llevarme al aeropuerto. Me negué, argumentando que mi jefe deseaba las facturas del taxi. El taxista (hombre de inmensa humanidad) se apersonó en un Tsuru, con música rap, muy poco ad hoc para la ocasión: mi baby y yo estábamos a punto de viajar al extranjero, después de dos meses de encontrarnos en Internet, a tan sólo veintitantos días después de vernos de frente por vez primera. El taxista avanzó rápido y señero por las avenidas. Tomó Churubusco, llegamos en un santiamén a casa de mi chico. Lo recogimos y seguimos el camino por Calzada de Tlalpan, su mano y la mía unidas como si siempre hubieran estado así. Bromeábamos, comentábamos los posts de los blogueros, ultimábamos los detalles.

Y llegamos al Aeropuerto. Pagué el taxi ($180). Llegados al mostrador de Aeroméxico, recibimos nuestros pases de abordar. No documentamos maletas. Cambiamos los últimos pesos a dólares en Consultoría Internacional. Compramos café en Starbucks y papas hash brown en McDonald’s; mi nene llevaba mantecadas Bimbo, y desayunamos en la zona de comida rápida, con nuestras maletas y mochilas (dos y dos) desperdigadas alrededor. Cercana la hora, fuimos a la sala. Ya en zona restringida, compramos un Absolut Tangerine en el Duty Free, hojeamos la National Geographic en Español (con un interesante artículo sobre la proximidad del amor y del transtorno obsesivo-compulsivo) y nos abrazamos cuanto quisimos: éramos de hecho libres para expresar nuestro amor. Hablé a mi casa para avisar que ya pronto salía el vuelo, me contestó mi mamá. Las salas de espera del aeropuerto son grises y frías; a mi niño le traen recuerdos tristes. El avión empezó a abordar: fuimos de los últimos en tomar asiento. Sorprendentemente el avión estaba casi lleno. Pero tuvimos la buena suerte de contar con una fila sólo para los dos. Despegamos en el vuelo AM 472 en los asientos 10D y 10E, a las 9.15 h. Mi niño se quitó los tenis y tomó una foto estupenda del Eje Volcánico Transversal, yo me quité los zapatos tan pronto como estuvimos a altitud de vuelo. Íbamos abrazados, felices, enamorados: la mayor parte de los pasajeros ni se inmutaron por nuestras caricias y si se dieron cuenta optaron dichosamente por dormirse o voltear a otro lado. Nos sirvieron un almuerzo: mi niño pidió burritos, yo me quedé con el omelette; obviamente compartimos. A la duda que nos asaltó ante la oferta de una sobrecargo (“¿Una forma aduanal o dos?”) siguió su comentario divertido: “No lo nieguen, chicos, no lo nieguen, ya los vimos, no nieguen lo que son”. Nos reímos.

Un lago y las primeras urbanizaciones nos avisaron: estábamos llegando a la zona metropolitana de la cuarta ciudad más grande de Estados Unidos. Tras el aterrizaje, y mi forzosa parada en los sanitarios, encontramos la insufrible fila para pasar la revisión migratoria. Delante de nosotros iba una pareja mexicana: él funcionario de la Secretaría de Energía, ella empujando la carriola con su pequeña hija de poco más de seis meses. Iban al Marriot; nosotros nos quedábamos en el hotel The Westin Oaks. El primer encargado de revisión nos permitió pasar juntos, como amigos. El oficial de la Homeland Security me regresó: primero tenía que pasar mi chico, luego yo. Quizá más cansado que mal encarado, el oficial afroamericano me preguntó la última vez que había ingresado a los Estados Unidos. Tras la obligatoria toma de fotografía y de huellas digitales de los dedos índices, seguimos nuestro camino: librando las aduanas mi baby fue retenido dos minutos por un oficial de harto animus jodendi. Salimos, y buscamos información sobre las rutas de transporte a Uptown, donde estaba nuestro hotel y el centro comercial The Galleria. En español (la ciudad es casi bilingüe) una señora nos dijo que lo mejor era tomar un taxi. Abordamos una camioneta Voyager. El taxista (de árabe apellido) nos llevó diestramente por las frecuentadas carreteras a nuestro destino. Mientras recorría las autopistas, mi nene recordaba aquí y allá sitios que ya conocía. Parecíamos niños, así estábamos de emocionados: habíamos interpuesto mil y tantos kilómetros entre la (in)noble Ciudad de México y nosotros…

Llegamos a The Galleria. El taxista nos dejó en The Westin Galleria. Los dos hoteles están en la plaza, y en otras circunstancias no nos debería haber importunado demasiado: sin embargo, cargábamos con nuestro equipaje de peso mediano. Cruzamos toda Galleria con nuestras maletas y mochilas en los brazos: nos veíamos (lo reconozco) muy chistosos, muy turistas, perdidos en el mall y buscando el acceso a The Westin Oaks. Entramos al sótano del hotel: se celebraba una hispanísima y copiosa convención de Omnitrition. Bien nutridos con la malteada promocionada (sabía a licuado de plátano), subimos a la recepción. Mi chico hizo los trámites necesarios con la reservación de American Express, yo esperaba y cuidaba las maletas. Nos ahorramos la propina al botones: cargamos con nuestras cosas hasta el piso 18 del hotel, un non-smoking floor. Tan pronto las dejamos en el suelo, disfrutamos de la vista a los rascacielos de Uptown y a los del (lejanísimo) Downtown de la ciudad.

La cama Westin sufrió entonces el primero de nuestros embates: sin embargo, optamos por el suelo para culminar un orgasmo que recordaremos porque nada se interpuso entre nosotros. Fuimos uno, uno solo: nunca olvidaremos la beatífica sensación de formar un solo ser el uno con el otro.

Tras vestirnos, lo primero que hicimos fue bajar a Galleria. Vimos la pista de hielo (todo el fin de semana repleta de infantes) y la zona de comida rápida. En Big Easy Cajun comimos el peculiar estilo de cocina de la zona de New Orleans, Mississipi y el Bayou con un toque oriental inconfundible (nótese que este restaurante era de obvia propiedad y administración china con empleados mexicano y centroamericano). Nos detuvimos en una tienda de discos de música y video. Mi baby compró una peli que rescaté de entre los saldos. Luego subimos al primer piso. Entramos a la Disney Store. Niños que a final de cuentas todos somos, asaltamos las existencias. Compramos peluches y juguetes. Yo agrandé mi colección de la película Lilo & Stitch… Fuimos a una tienda de calendarios, donde mi baby aprovechó las increíbles ofertas para comprar regalos a su familia. No podíamos dejar de visitar la tienda del Metropolitan Museum of Art of New York (a donde definitivamente tendremos que ir juntos algún día, baby), donde adquirimos dos agendas de formato mediano con información detalladísima sobre Van Gogh y mi niño, una pequeña agenda metálica y un utilísimo conjunto de biografías de Grandes Pintores en tamaño pequeño. Pasamos por Elements, una tienda de artículos de papel (sobres, hojas, sellos, pisapapeles) donde el dependiente de gremio tuvo (¿la gentileza? ¿el atrevimiento?) de meter la rebelde etiqueta de mi saco “para no enloquecer a nadie”. We drove our way out as soon as we could… Nos tomamos fotos en la fuente animada que es la atracción para chicos y grandes en la mitad misma de la plaza. Nos dimos una vuelta por las tiendas Apple y Sony (hace falta dinero… y el IPod Shuffle estaba desoladoramente agotado) dos o tres tiendas de videojuegos –a mi baby le encantan: yo comprobé mi absoluta inutilidad para la tercera dimensión en tan sólo un simulador de consola X-box (¿será consolador que simula?).
Fuimos a Bath & Body Works, donde compramos tres velas de olor mandarina (una para la mamá de cada uno y otra para nosotros). Pasamos a Gap (compré guantes) y a Banana Republic (mi niño se compró unos pantalones que le quedaron estupendos). En esta última tienda nos encontramos con otra pareja mexicana del gremio: dos hombres a mediados de la treintena abastecían su guardarropa cargando consigo sendos cafés Starbucks. Cumplido el encargo de mi mamá (una botella con pastillas de vitamina E de GNC), fuimos por último a Aéropostale: nos compramos dos sudaderas idénticas, color azul claro, muy padres.

Regresamos al cuarto. La verdad no teníamos mucha hambre: las porciones servidas en la comida cajun fueron harto generosas. Descansamos un momento y luego salimos al frío de la noche. Caminamos una milla: ignoro en qué dirección avanzamos, pero entre nuestras imitaciones de la Barbie Condechi (a Flavio las gracias por recordarla en su blog) y nuestra crítica light al despilfarro del que hace gala la texana haute societé se nos pasó el tiempo. Mi chico tomó las fotos de los vecindarios que cruzamos.

Fuimos a una gasolinería cercana por jugos para preparar el vodka. Regresamos a la habitación. Fui a por hielos en la ruidosa máquina del piso, mismo aparato a punto de descomponerse. Parecía que estábamos sólos en todo el piso 18. No se escuchaba a nadie. Nos bañamos en la tina, nos relajamos bastante, tomando vodka preparado. Mi nene se emborrachó un poco más que yo…

“Eres el amor de mi vida”, dije.
Lágrimas de mi niño.
Mis lágrimas.
Mi llanto incontrolable.
Mi nene confrontándome.
Mi nene llorando conmigo.
Nuestro abrazo sincero y profundo.
Mi promesa (que si no la hice, ahora la escribo):
“Siempre estaré contigo. Como me dejes estar. Como sea. A ciegas, en Braille, como quieras”.

Mi nene y yo alcanzamos niveles de intimidad que (aseguramos) ni las parejas casadas tienen.
Nos dormimos abrazados, acobijados por nuestros cuerpos, haciendo que la ventana se cubriera toda de vaho que la mañana convirtió en rocío, en el dulce lecho Westin, a sabiendas de que Dios nos mira –y sonríe.

Te amo.
Ya te extraño.
Ya cuento los días para estrecharte otra vez entre mis brazos.
Ya cuento los días para volver a ser uno contigo.
Ya anticipo tu regreso.

Mi corazón parte con él

El viernes por la tarde mi niño me recogió en mi Facultad. Ese día le regalé el mejor de mis humores: sabía que ya eran pocas las horas que nos quedaban juntos hasta su regreso en tres meses, y decidí conscientemente diferir la tristeza y pasar un tiempo lindo con él. Él necesitaba conseguir un fólder de costilla (sic, ese es el nombre de uso común para tan singular artículo de papelería) para proteger unas copias: fuimos al Centro de Copiado cercano a la Facultad, sobre Avenida Universidad, no sin antes comprar dos DVD a un interesante vendedor ambulante (Capote y Brokeback Mountain). Mi chico estuvo en la calle en la cual paso mis días tomando café, almorzando y conversando con los amigos. Ante las nulas existencias de los fólders de costilla, tomamos dos capuchinos y un muffin de Costco en el (por el momento desierto) Café Internet Supranauta. Platicábamos de todo (y yo estorbé el paso de peatones: las mesas invaden casi toda la banqueta), de mi horario, de las cosas que haremos… Caminamos hacia un expendio de fotocopias cercano a mi Facultad: nuestro esfuerzo infructuoso se vio recompensado por la compra de tres discos compactos recopilatorios con obras de literatura hispanoamericana, filosofía y la colección de Batman, el Caballero de la Noche. Nuestro siguiente destino fue la Facultad de Filosofía y Letras. Nuestro trayecto fue interrumpido por diez minutos del examen profesional de una chica en mi antigua Facultad de Derecho. La defensora y aspirante a licenciarse disertaba sobre los poderes en el derecho internacional privado. En Filosofía nos dimos un beso con olor a café cerca de los saint-simonianos favoritos que se reúnen a tomar afuera de la Biblioteca Central. En los puestos del pasillo, compramos un libro sobre la historia de Alemania en el siglo XIX, una película (Medea, dirigida por Lars von Trier) y discos en formato MP3 de Phillip Glass y de Kronos Quartet. Fuimos luego al Centro Cultural Universitario: se presentaba The Mozart Project en la Sala Nezahualcóyotl, un proyecto musical que prometía mucho y que nosotros no vimos porque se agotaron todos los boletos. Nos encontramos a mi amiga Claudia, la que cursaba alemán conmigo, y a su novio, Carlos, en la fuente del CCU, tomando café, lamentando no tener boletos para ir al concierto en la Neza. Terminamos comprando boletos para la película coreana Pinceladas de fuego. La fotografía de la película es estupenda. La historia entretiene bastante: la vida de un pintor coreano decimonónico que devino artista nacional. Sin embargo, al final la película resulta muy lenta. Mi chico y yo nos acariciamos en la sala, protegidos por la oscuridad, nuestras manos una sobre la otra, abrazándonos, amándonos en silencio. Terminada la peli, fuimos a cenar a Johnny Rocket’s de Galerías Insurgentes: mi niño y yo comimos dos hamburguesas, papas fritas, una malteada de vainilla y una Coca Cola flotante.

El sábado mi bien tuvo un compromiso hasta casi la medianoche. Yo lo esperé desde las 20 h en el hotel que vio nuestros embates amorosos. Mis padres (entendiendo que partía hacia Puebla) me dejaron en la Terminal de Autobuses Sur. Un taxi después llegaba a Prolongación División del Norte. Pedí un cuarto. Escribí y comprobé que la pornografía heterosexual ya no provoca en mí ningún efecto, excepción hecha de las escenas en las que prestaba atención al hombre en pantalla… Mi baby llegó. Bajé a por él a la recepción, lo recibí desde que entró al estacionamiento con su camioneta. Se veía estupendo, muy guapo, todo vestido de negro, olía a vino y a pasta. Lo desvestí lentamente: a esas horas yo no usaba ropa interior y traía solamente puesto unos jeans y una sudadera azul. Y así comenzó nuestro embate amoroso: el deseo que los dos sentimos es enorme, pero más grande es el amor que nos mantendrá unidos en su ausencia. Pudimos exitosamente tomar un bao de burbujas en el jacuzzi de la habitación… Bebimos lo que quedaba del Absolut Tangerine que compramos para llevarnos a Houston… Transpiramos, nos amamos, dormitamos para recobrar bríos, nos volvimos a amar, nos dormimos más tiempo, despertamos y nos amamos por última vez hasta que regrese… La noche resultó absolutamente inolvidable. Lo acompañé luego a Pericoapa. Arregló su reloj y comimos pizza. Me dejó a las dos de la tarde en mi casa, bien acompañado de DVDs que veré en las largas y numerosas tardes que habrán de pasar hasta que lo vea.

En un arranque de rabia provocado por mi largo uso de la computadora portátil, mi padre explotó. La situación terminó hasta las dos de la tarde. Su hijo primogénito reconoció su homosexualidad y se deshizo en lágrimas. Mi padre no supo que decir. Tristeza, engaño, miedo, todo lo sintió. “Es que está en la mente cambiarlo. Todo está en la mente. Siempre he creído eso. Son tus ideas, tus percepciones; alguien te las ha de haber metido. ¿Qué es esto, naturaleza, condición, enfermedad? ¿Qué es? ¿Tienes amigos así? ¿No te atrae una mujer? No sé por qué tú, siendo tan inteligente, piensas esas cosas. Pero si me dices que no tienes voluntad para cambiar, para intentar ser normal, pues está bien. No te voy a obligar a nada. Eres mi hijo. Te amo. Te quiero mucho. Cuídate, cuídate mucho. Que no te hagan daño. No te hagas daño tú tampoco”…

Y en este momento, no me preocupa nada más que una sola cosa.
Hoy será la última vez que veré a mi baby hasta que yo vuele a visitarlo.
Cuando menos dos meses y cuatro países nos separarán mañana en la mañana.
Me siento muy triste.
Pero también esperanzado.
Pero nos amamos.
Y a esa certeza nos aferramos.

Tengo alguien por quién vivir la vida.
Tengo alguien por quién vivir.
Será y va por ti.

Te amo.
Ya te espero de vuelta.

29.1.06

Aviso

Medeafin Leasing Services, S. A. de C. V. informa que el título de Mr. Sweet 2006 ha sido felizmente otorgado al señor Eduardo Irabien Maynez (Erario Inagotable).

Dado en la Ciudad de México, a los 29 días del mes de enero de 2006.

El Director General,

Manuel "Medea" Tangerine
(rúbrica)

27.1.06

Apuntes para el diario que (felizmente) devino mi blog (y, como diría Benedetti, viceversa)

Domingo 14 de enero de 2006

Mi baby y yo nos vimos en la nueva librería Gandhi como a eso de las dos y media. Nos la pasamos excelente, ojeando y hojeando los libros, viendo los discos y películas. ¡Hay tanto que comprar, tanto que leer, tanto que decir! Mi niño compra muchos libros, yo sólo escojo un disco de Anne Sophie Mutter (su violín es seguramente la voz de un arcángel) que resulta una joya rara: incluye "Summertime", obra de Gershwin compuesta para "Porgy and Bess". Lo escuchamos todo el trayecto (Miguel Ángel de Quevedo e Insurgentes) hasta llegar a La Bodeguita del Medio. Era promesa justa y compartida tomar mojitos juntos el día que nos viéramos por vez primera; las nuevas políticas de la empresa dispusieron que dieciséis días después nos viéramos a los ojos teniendo una mesa, dos mojitos y dos platos (uno de bolitas de carne y queso y otro de cristianos y moros) entre nosotros.

"¿Quieres ser mi novio?", le pregunté.

Por toda respuesta, mi baby me dio un beso.

Beso que yo no supe leer a tiempo como lo que en realidad era.

Él ha apostado conmigo tanto como yo he apostado con él.

A veces, en realidad me odio por ser tan lento comprendiendo…

"Sí"…

"Y es que yo necesito certezas"…

Lágrimas. Lágrimas de los dos, en un cuarto con tres mesas ocupadas. Los meseros nos miran de reojo. Callan. Sirven.

Cuatro mojitos y noventa minutos después, nos despedíamos del lugar y de la preciosa voz de la cantante con enjundioso trío entonando canciones cubanas, con ojos llorosos y corazones encontrados.

Nunca las lágrimas dijeron tanto. Nunca me imaginé que sintiéramos lo mismo en el mismo momento…

Luego fuimos a Chili's . Comimos postre: mi baby tenía severo antojo de un pastel de chocolate con helado de vainilla. Dos capuchinos. Mucho amor.

La Virgen de Guadalupe en el portal de una casa cercana a la Universidad Panamericana es testigo silente y cómplice de nuestros besos.

Estamos enamorados.

Mi baby es mucho más que mi novio.

Es mi mejor amigo, mi hermano, mi camarada, mi compañero, mi amado, mi amante, mi brújula, mi destino, mi principio y mi fin.

Termino de ver "A Streetcar named Desire ". Es estupenda. No hay como Tennesee Williams y sus delirios psicóticos. El Sur trauma.

Lunes 15 de enero de 2006

Primera parte (la más tediosa y larga) del examen de certificación de alemán (nivel medio) en el CELE. El Zertifikat Deutsch terminó siendo empresa harto aburrida en 2005. El examen no presenta mayores complicaciones. Realizamos dos partes, la escrita y la auditiva. Me alegra la mañana el reencuentro con la profesora Elena Oustinova, con Claudia, con Ksenia y con Víctor, el de Puebla. Nunca un café americano de calidad ínfima fue tan estimulante…

Mi nene me sale al paso (a eso de la una de la tarde) en los portales del edificio de Diseño Industrial que dan hacia Las Islas. Nos damos un beso. No hay nada más hermoso que estar juntos en la Universidad. Visitamos el Museo Universitario de Ciencias y Artes, en la Facultad de Arquitectura. Cerrada la exposición de Liu Zhenzheng que pretendíamos visitar, vamos entonces a la Librería UNAM a un costado de Rectoría. Salimos bien cargados de libros: mi chico no desaprovecha el descuento que disfruto como estudiante. Alegres y hambrientos, nos abrimos paso entre la exposición de arquitectura alemana en el vestíbulo de la Facultad. Mi amigo Diego, el que estudia en el Taller Max Cetto, nos encuentra. Un expreso para él, dos capuchinos fríos y un paquete de sushi para nosotros. La cafetería que sirvió tan bien a nuestra camarilla de primer semestre (el Javo, la Gaby, el Diego, el Manuel, el George, et al.) se presta ahora para escuchar las anécdotas de Diego. Cannabis sativa y Chacahua. Mi baby estaba genuinamente interesado en la charla de mi amigo. Nos fuimos. Nos acostamos en Las Islas con marca de la Facultad de Economía, las que dan a la Torre II de Humanidades. El sol caía inexorable y violento sobre el rostro de mi baby; el pasto, travieso, hizo presa de nuestra ropa nada antiestática. Fuera como fuese, fuimos a por su camioneta, sita en el Circuito frente a mi Facultad.

Hacemos uso de un lugar reclamado por la sexualidad emergente. El muchas veces denostado C amino Verde puede presumir de nuestro acto de amor, entre apresurado, arropado y observado por miradas entre lascivas y curiosas. Somos los únicos que nos besamos. Reímos. Nos vestimos.

Tenemos hambre. Sanborn's de la Torre Nortel Networks. Platicamos. "¿Cómo será nuestro piso? ¿Cómo será vivir juntos? ¡Qué fuerte lo de hace rato!".

Es noche de Golden Globes. Mi chico quiere verlos. Si intenta dejarme en casa no llegará a tiempo. "Llévame. Los veremos en mi casa". Mi madre nos abre la puerta. Sus ojos delatan extrañeza.

"Mamá, él es EI, viene por unas cosas de alemán, presenta examen mañana con Cintia y Chucho".

Franquea la puerta. Vemos los primeros premios. Nos vamos a mi cuarto. Cometo la imprudencia (que el tiempo dirá: no es tal) de ponerle seguro a mi cuarto. Uno, dos besos furtivos. Una, dos caricias rápidas. Mi madre interrumpe: "Por favor, no te encierres".

¿Sospecha algo? De seguro, pero no dice nada. Regresamos a la sala. Mi niño conoce a mi hermana ("Estás loco, Manuel, pero está muy guapo") y tiene dolor de cabeza. Aspirinas y agua. Aspirinas y agua. Pero su dolor no se alivia rápidamente. Recita las primeras lecciones del libro de alemán que le regalo: lo corrijo. En Sony, los premios; en Fox, The Simpson. Reímos a más y mejor. Mi madre está encerrada en la cocina.

"Mamá, EI ya se va", aviso.

"Ándele, que le vaya bien, mucho gusto".

"Mucho gusto, señora, con permiso".

Una Coca en Wal Mart. Mi nene sella su boleto. Parte. Le doy un beso (no me importa quién me vea) cuando ya está sentado y con el cinturón de seguridad ajustado. Lo despido.

Veo Sunset Boulevard. Lo decadente de la película (lo asombroso y lo bien llevado) me conquistan. ¿Quién es este chico que ve cine tan bueno y tan menospreciado (el cine, que no él)? ¿Por qué sale, anda y accede a vivir conmigo?

Sólo el amor es respuesta.

Martes 16 de enero de 2006

En la mañana, examen oral en el Edificio B del CELE. Me toca hacer el examen solo (sin colegas del curso). El Dr. Ulrich Bauer (mi profesor en tercer semestre) y otro hablante nativo me evalúan tardíamente. Buena interacción entre los tres. No recuerdo si dije la línea que conquista a todo examinador alemán: "Die Deutschen sind sehr gründlich"…

Salgo tarde. Me pongo en camino por Avenida Universidad. Bajo del microbús diez, veinte metros antes de lo acostumbrado. Miguel Ángel de Quevedo está a reventar. Prefiero caminar, correr, volar los últimos metros que me separan de El Sótano. Mi niño y su camioneta no están. Me llama desde su casa. Tarda a lo sumo quince minutos. Habíamos quedado de ver una película chez lui . Pero la película no es transmitida. Qué más da. Le regalo el soundtrack de "Mystic River", compro para mí el de "Artificial Intelligence". Nunca he escuchado la música compuesta por (el hombre orquesta que es) Clint Eastwood: John Williams me puede con su música para Orgas y Mechas. Llegamos. Conozco a su hermano (ojos que escrutinan demasiado) y a su mamá (el rostro mismo de la amabilidad mexicana). No se sospechan nada. Si supieran quién le dio a mi chico el globo de Mickey Mouse… En fin. Me encanta su cuarto. Supongo que cuando vivamos juntos buscaremos casa no para nosotros, sino para nuestras cosas. Me encanta que tenga tanto de todos lados. Películas, discos, afiches, libros, fotos, folletos, collectables: todo tiene un orden definido, todo me gusta, todo me fascina. Nunca quisimos ver " Hero", la cinta épica china de la que todo mundo me habló cuando se estrenó y que mi chico y yo empezamos a ver, él en su sofá, yo en el mío, sendos vasos de jugo de naranja hecho por su atenta mamá. Minutos transcurren. Las miradas se encuentran. El amor puede más. Nos besamos, lenta, silenciosa, dolorosamente. Visito su miembro, lo devoro, me encanta. Él hace lo mismo. Nos vemos interrumpidos por los ruidos que toda casa habitada produce.

Comemos. Riquísisísima paella, estupendo vino tinto, enchiladas, chocolates Turín rellenos de Licor 43 y Malibú. Plática familiar. Su mamá ha entrado en confianza: lo deduzco por los temas que devanan. Me siento bien. Tranquilo. Contento. Los ojos de mi chico lucen iluminados por una luz diáfana y pacífica.

No podemos hacer más que lo que ya hemos hecho. Importa y no importa. En fin.

"¡Qué fuerte!". Posteo desde su cuarto. Posteo para los dos blogs.

Salimos. Galerías Coapa . Mi niño va a la estética. Lo espero todo el tiempo que tarda la estilista en darle forma y dejarlo intensamente atractivo. No logramos salvar un mechón de su cabello: tan preciada reliquia deberá esperar un poco más. "¿A dónde viajaremos?". Las opciones –Ixtapa-Zihuatanejo, Guanajuato, y Houston– se dibujan y desdibujan. Ponderamos costos y beneficios. Prácticamente los presupuestos son los mismos. "Mañana iremos temprano a American Express". Sea. Por lo pronto compramos gel lubricante en Sanborn's (ignorantes que éramos, el tiempo y la confianza que se adquirieron nuestros cuerpos demostrarían su ineficacia).

Vamos a Pericoapa. Buscamos afanosamente un puesto de reparación de relojes. No tenemos suerte. Pericoapa está vacío entre semana: pocos son los locales que en los apiñados pasillos abren. ¿Serán así de rentables? En fin. Comemos un waffle , Coca Cola en botella inusual (con forma esférica, muy onda Mundial de Fútbol), pizza. Somos felices. Estamos muy contentos.

Se hace tarde. El tráfico en la zona sur de la Ciudad de México es directamente proporcional a la hora. Mi chico me deja en Río Churubusco, enfrente del Centro Nacional de las Artes. Tomo un taxi: mi baby tiene compromisos adquiridos y no deseo que llegue más tarde de lo que (evidentemente) ya llegará…

En dos días él y yo hemos conocido a las respectivas suegras y a nuestros hermanos políticos.

Qué fuerte…

Miércoles 17 de enero de 2006

Nos vemos en la sección de revistas de Sanborn's Perisur, a eso de las diez y cuarto. Min chico se ve guapísimo. Vamos a American Express. Revisamos rápidamente las opciones antes de entrar. Es Houston o Guanajuato. Una hora y fracción después, salimos con la factura del cargo de servicio y de dos boletos de avión y dos noches de estadía en "The Westin Oaks" a seis meses sin intereses, con destino y escala única en la cuarta ciudad más poblada de los Estados Unidos. Ni en nuestros sueños más locos imaginamos que, amén de conocernos y salir juntos en México, saldríamos del país (todo nuevo, todo bello, todo intrigante).

No he(mos) desayunado. Mi madre me dio en un tupper espagueti. Vamos a la zona de comida rápida, debajo de Cinépolis. Acabamos el plato y las mandarinas que empaqué. Me quiebro y lloro. Mi niño me interroga. No sabe qué hacer. Ahora que escribo me siento mierda. ¿Por qué hago sentir mal a las personas que más amo mostrándoles mis miedos más profundos?

Quizá sea hora de empezar a ser consecuente y asumir con valor las cosas.

Corrijo. Es la hora.

Mi niño bien vale la pena.

El Péndulo. De todas esta es la sucursal más pequeña y menos cuidada. Una deliciosa malteada de vainilla aligera las cargas. Vemos películas y libros. Nuestro Diógenes se potencia…

Vamos al HSBC de la plaza. Nos observa de lejos la vaca más interesante que haya arrojado el Cow Parade en su vacuna invasión a la Ciudad que se sabe lacustre devenida drenaje profundo (Mexico Shitty, Brayan dixit): la Vaca Fonda, con platos de peltre azul incluidos.

Pasamos una vez más a American Express. Recogemos el boleto electrónico, la reservación y el itinerario impresos. Vamos en camino a Ciudad Universitaria. Detour (de force?): pasamos a Camino Verde. Estábamos ingresadísimos en nuestros arrumacos amorosos y deliciosos cuando escuchamos (aún vestidos, por fortuna) una voz que interrumpe en el acto nuestros propósitos. "No entienden, no entienden…". A saber si era empleado de Seguridad UNAM o simple parroquiano molesto por no encontrar su cárnico del día. Mi nene me deja en mi Facultad.

Aprovecho para imprimir información sobre Houston, con cargo y cuenta a mi salario en especie como asistente del Dr. Dussel.

Un impertinente y agudo dolor de cabeza inmoviliza a mi chico. Me pongo en camino. Hago cuarenta minutos a la Central del Sur. Camino algunas cuadras para encontrarnos en El Jarocho de Avenida Taxqueña. Pido dos tortas: tengo demasiada hambre. Besos sabor capuchimoka, vamos luego a comprar aspirinas a Gigante: tengo dolor de cabeza por las lágrimas de la mañana y la malpasada (sic) de la tarde. Encontramos una tarjeta gratuita y majaderamente kitsch para venerar a Juan Pablo II en las cajas del autoservicio. Comemos quesadillas con queso para nachos, regadas por dos vasos de Coca y café abundante. Mi niño y yo estamos contentos: el viaje lo alegra y expande todos nuestros horizontes. Wild, wild dream… Me lleva a casa, a ritmo de " Don", de Miranda, que escuchamos all the way long sobre Río Churubusco.

Jueves 18 de enero de 2006

Nos vemos en el Fondo de Cultura Económica de Miguel Ángel de Quevedo. Nos paseamos entre los libros apuntando los títulos que más nos interesan.

Desayunamos sincronizadas, una malteada, una Coca Cola y un café vienés en el Café La Selva in situ. Joder. Las lágrimas me traicionan una vez más. Ya no quiero llorar, ya no quiero causarle tristeza al hombre que más felicidad me ha dado en toda la vida. En el Fondo ocurre la declaración bilateral de voluntades: no estaremos con nadie más mientras estemos separados, nos seremos fieles.

Averiguada exitosamente la posibilidad de hacer efectivo el descuento de 40% como estudiante con tira de materias de la UNAM, redoblamos esfuerzos. No compramos los treinta y más libros anotados en la agenda de mi niño. Eso no importa: $486 de descuento hacen de esta sesión de compra de libros algo afortunado y que maximiza plenamente nuestro excedente de consumidor. Mi niño tiene cosas que hacer: me regresa a casa a las 15.30 h.

La tarde transcurre lánguida y sin contratiempos. Leo los libros que hemos comprado. Acudo al llamado de mi queridísima señora Johnson, que ha sido víctima inocente de las estafas tipo "Tengo secuestrado a tu hijo; dame los NIPs de tarjetas Telcel por un valor de $10,000", le compro una tarjeta que (por estupenda fortuna) funciona, y funciona muy bien y acompaño con su esposo al auto (irán al neurólogo: a la señora Johnson le ha dado migraña por lo ocurrido). Me peleo con el servicio de Atención Telefónica a Clientes de Telcel hasta que dan de baja uno de mis números infrecuentes y doy de alta el número de mi chico..

La vida parece detenerse cuando no estamos juntos…

Viernes 19 de enero de 2006

Un día antes de la partida. Nos vemos en el quiosco de Coyoacán. Llego con retraso, merced al tráfico y a pesar de haber usado un taxi para llegar. Desayunamos quesadillas de pollo, de huitlacoche y de queso en el Mercado de (adivinen ustedes) Quesadillas y Garnachas. En camino a la Plaza de la Concepción, nos abrazamos y besamos a hurtadillas. Y en la Conchita nos encontramos la algarabía que provoca entre los vecinos, transeúntes y chismosos de tiempo completo la filmación de un capítulo más de alguna trasnochada telenovela de TV Azteca, de cuyo nombre no puedo ni quiero acordarme. Margarita Gralia, la actriz que tanto me gustó en "Tengamos el sexo en paz", no pudo volverse más diva: habló todo el tiempo por celular, y ni siquiera se dignó en ver a los ojos a mi niño cuando éste le pidió un autógrafo para su mamá. Mis deseos por tener su firma disminuyeron sustancialmente cuando vi su lactérrima actitud. Tras averiguar un poco la vida tras bambalinas (y postular que todos los reporteros de Espectáculos de TV Azteca dan el ancho en el gremio), nos fuimos como si huyéramos de la peste. Besos y abrazos disimulados con sabor a helados de mandarina, queso con zarzamora y chocochispas, caminamos por las calles del Centro con destino al Museo de la Acuarela. Hicimos una escala técnica en el Instituto Dante Alighieri. Enterados del precio y de la duración de los cursos, salimos al sol que nos acompañó todo el camino. Llegamos al Museo en calidad de refugiados atendibles por la ONU. Dos Cocas después (más bien tres: una estaba tan congelada que no la pudimos abrir) entramos al Museo. Si bien yo recordaba las obras de Saturnino Herrán; había olvidado ya lo silencioso del lugar y el número tan limitado de visitas al día. El consabido resultado fue que mancillamos dos habitaciones del lugar nacional de las pinturas de agua. Ni mi baby ni yo pensamos jamás en hacer actos así de subversivos. Y bien… habíanos ahí, solos, deleitándonos en nuestros sabores, a sabiendas de que el museo carecía (como efectivamente carece) de videocámaras y de seguridad en cada sala. En fin. Todo en la calle nombrada en honor al Cronista de la Ciudad, Salvador Novo.

Salimos, y dos Coca Colas en la cafetería atendida por una chica empeñada en resolver los crucigramas de la revista "15a20" (sépase que se trata tan sólo de una conjetura razonada) después, regresamos al centro, a la librería " El Parnaso", donde vimos libros en inglés y de donde salimos bien aprovisionados (como no es costumbre)…

Mi niño me regresó a casa. Leí y me relajé bastante. Cintia y Jesús me invitaron cervezas en El Hijo del Cuervo entrada la tarde (llegué con una hora de tráfico a mi espalda, mi baby hubiera alucinado Miguel Ángel de Quevedo a esa hora); tras lo cual acudí a un ágape fraterno organizado por la familia materna ampliada (entiéndase, mi mamá, mi tía Laura y mi tía Ana, esposos e hijos incluidos), enterada por mis padres de la buena suerte del hijo que va en lugar de su jefe a un coloquio en Houston con (casi todos) los gastos pagados (que conste que ni en la mentira esto fue cierto, luego se presta a graves interpretaciones). Ultimé con mi nene los últimos detalles técnicos del día siguiente vía celular, y me morí de la impotencia y la desesperación porque mi hermana me negó hasta entrada la madrugada del sábado la computadora portátil, so pretexto de quemar unos discos del IUS 2005 para sus amigas… En fin. Para esas horas mi niño dormía, y yo alistaba mi maleta, listos nuestros seres para alejarnos de todo y de todos, y ser de nosotros mismos, así fueran setenta y dos horas…

Del sábado 21 al lunes 23 de enero de 2006

Léase Dos blogueros enamorados en Houston , de próxima publicación en este blog.

Martes 24 de enero de 2006

El martes mi Erario Inagotable y yo nos vimos en el Starbucks de Miguel Ángel de Quevedo. Yo no había salido de mi casa más que para ayudar a mi madre a comprar fruta en el mercado que se instala al lado de la Preparatoria 8. Cuando llegué, mi chico ya me esperaba (consecuencia del tráfico que encontré en Río Mixcoac y Avenida Universidad). Se veía muy elegante: seguro que si da clases más de una chica (y algún estúpido que se las tendrá que ver conmigo) intentará seducirlo… Leftover del viaje, conservé un pastelito de chocolate que llegó (a medias, gracias a la gula de mi domus) y aguantó lo suficiente para que pudiéramos degustarlo, mi chico con un capuchino con espuma sabor a vainilla en polvo, yo con un café del día, ambos Venti. Conversábamos, reíamos, nos sentíamos bien, en el local que se vació un poco después de cierto tiempo. Dos chicas sentadas a nuestra siniestra, una con bebé en brazos, le pidieron a mi baby una foto. Por observadores (y por glotones interesados en la conservación del ambiente) notamos la presencia de media chapata apetecible sin tocar en un plato junto a nuestras vecinas. Tras comprobar que ninguna de ellas yantaba tan inesperado manjar, mi mano ágil y mi mirada dispersa pudieron con todo el respeto y el repudio humanos al que me hubiera hecho merecedor, y así mi niño y yo comimos muy divertidos. Tras recuperar la camioneta de las manos del ávido servicio de valet parking, el Señor Erario Inagotable y yo fuimos a uno de nuestros lugares favoritos, El Sótano. Entramos y vimos discos y libros —lo que daría por gastar todas mis quincenas en discos y libros comprados en compañía de tan grato y amadísimo compañero—: a sugerencia de mi chico compré el DVD de Wilde; él consiguió el libro de Cuentos completos de Truman Capote editado por Anagrama que desde mucho andaba buscando. De ahí nos fuimos.

Miércoles 25 de enero de 2006

En la mañana fui al Colmex. Desde ahí recé con Dios por primera vez en años… El motivo: la partida (temporal) de mi chico que cada día se acerca más. Mi niño me recogió en la Universidad. Lo presenté como mi novio a dos compañeras del trabajo (a Lorena, la Dussel girl; y a Diana, quien trabaja con el Dr. Leonel Corona) sin previo aviso de mi (anterior) orientación sexual. El selfouting salió a pedir de boca. El Señor Erario Inagotable escribió un post desde mi oficina (mismo que hasta ayer aparece: fue guardado como Borrador y no se publicó inmediatamente). Viendo la casi absoluta soledad en la que nos encontrábamos en los cubículos del segundo piso del Posgrado, y habiendo mucho deseo y más amor, fuimos a la oficina pequeña (el cubículo 212, marcado en las mamparas del Posgrado como Ayudante del Dr. Dussel Peters) y la mancillamos en silencio, con cuidado de no llamar demasiado la atención. Lo aventurado de hacerlo en mi lugar de trabajo, que en todo caso estaba casi vacío, sólo reforzó nuestra excitación y nuestro deseo… Luego mi niño y yo fuimos a Plaza Universidad. Tras comprar una minigalleta en Mrs. Fields a $12, subimos a la plaza tomada como rehén por los púberes del Colegio México, desavenidos captores que ignoran del todo que el estacionamiento bajo sus pies fue testigo silente del primer atentado con coche bomba en el país (1994, el año en que vivimos en peligro , ¡sic!). Entramos rápidamente a Mixup: en la tienda observamos que los chicos gays pululan literalmente en el espacio urbano del Detritus Federalis. Después fuimos a comer a un restaurante de comida china ubicado en la zona de fast food (observando impotentes la caída en desgracia de la otrora celebrada cadena Helen's). Pudo más el recuerdo de los sabores cajun que nuestra voluntad por comer pizza o semejante: pedimos un menú de arroz frito con tres guisados que sació sobradamente nuestra ansiedad calórica. En fin. Cruzamos luego Avenida Universidad, y fuimos a la librería Daniel Cosío Villegas del Fondo de Cultura Económica. La librería se encontraba sola (o casi sola) a esa hora de la noche: a nuestras anchas recorrimos los pasillos, buscamos los libros que quisimos y los pagamos obteniendo el descuento de 40% sobre el precio de lista con mi (nueva y maravillosa, disculpen tan grosera banalidad) credencial de Becario visitante del Colmex. Compramos dos volúmenes de la Antología Poética de Jaime Sabines, un ejemplar de Otro siglo perdido (1930-2005). Las políticas de desarrollo en América Latina de (Don, debo acostumbrarme a los usos y costumbres colmecas) Víctor L. Urquidi, y una copia de la Antología Breve de Carlos Pellicer. Sedientos (y cerrada la librería y por consiguiente El Café de la Selva) regresamos a Plaza Universidad: en el Bar de Sanborn's leímos algunos poemas de Sabines y Pellicer acompañados de una Coca y de dos curiosos comensales: él, un chico americano corpulento entre aburrido y medio interesado; ella, una chica mexicana no particularmente agraciada con cara de "¡Ya ligué!"; entre los dos, cerveza, chicharrones y restos de piña colada. Mi niño me dejó luego, sano y salvo (si existe EL CONDUCTOR RESPONSABLE ese tiene que ser él) en mi casa…

Jueves 26 de enero de 2006

Habiendo visitado a Cintia a mediodía y después de haber trabajado en la biblioteca del Posgrado de la Facultad de Economía, me quedé de ver con mi niño en El Sótano, para luego decidir qué hacer los dos juntos. Cuando llegué (después de un trayecto de 20 minutos: llueve, y la ciudad se colapsa), no pudo ocultar su sorpresa: mis manos guardaban una carga preciosa y valiosa, una flor iris color mandarina… Me derritió la mirada en sus ojos, saber que siente algo y que yo provoco ese algo… Alguna vez, cuando este cortejo recién comenzaba, el señor Erario Inagotable dejó alguna vez un comentario sobre su tarde lluviosa ideal: pasar las horas en las librerías de Miguel Ángel de Quevedo. Curioso resultó pues que mi baby y yo nos hubiéramos reunido en El Sótano en la primera lluvia del año en la Cité (que alguien me desmienta si llovió el fin de semana: estábamos muy ocupados leyendo en el Barnes & Noble frente a nuestro hotel). Él tenía un compromiso cerca de Parque Hundido en la noche: decidimos ir a la Zona Rosa. El trayecto fue largo, si bien debemos agradecer el que nunca dejamos de movernos, a ritmo de la Condechi Fresa y sus Sabrosos del Ritmo, ¡sí, señor!… Mi niño encontró a la Zona si bien no transformada, si plural en los individuos que la componen. Quedamos en que el día siguiente a su llegada pasaremos la noche juntos en algún hotel gay friendly, para que podamos conocerla y divertirnos a gusto y sin problemas. Mientras tanto, terminamos en El Péndulo (sí, somos unos tetos, no salimos de librerías, alguien podrá diagnosticarnos Diógenes crónico, pero no nos preocupamos). Comimos, él unas crepas flameadas con naranja y brandy con malteada de vainilla, yo una pechuga Keats con piña colada frappé. Abajo, dos gays de edad madura comían el postre, muy señorones los dos; una pareja de joven y maduro cenaba tranquilamente; tres amigos igual de yuppies y hermanos en Proust conversaban confiada y dicharacheramente. Compramos (¡otra vez!) libros, y mi chico me dejó en la parada del Metrobús enfrente del edificio de Hacienda con el plantón permanente de trabajadores del INEGI o sabrá Fox y Gil Díaz de dónde…

A manera de epílogo, inconcluso o "Y es que no solamente se va mi novio, se va mi mejor amigo…"

(De súbito me vino el recuerdo de nuestra primera noche juntos, paseando por el Zócalo iluminado por las luces navideñas, las motas de algodón de azúcar flotando en el aire, los niños corriendo, los adultos perdiendo el tiempo, nosotros caminando antes de regresar al Hotel Catedral, nuestros cuerpos abrigados, nuestros corazones calientitos, nuestros seres enteros vibrando por lo que apenas anticipábamos y jamás imaginamos que podía ocurrirnos)

(Y sin embargo nos ocurrió)

(Te extrañaré)

(Esto será sólo un paréntesis)

Te amo

Esto es y será el libro completo

25.1.06

Trabajando Manuel, trabajando... (guest blogger: the boyfriend fills in)

Angel I hear you
speak, I listen...


qué cosas... pero todo a su tiempo. Postergamos lo impostergable.

Estoy en su oficina, tiene buena vista al patio de las jacarandas, del que escribió antes.
Espero que termine pronto y nos vayamos.

Pronto las fotos!!

Abrazos,

Erario Inagotable

Plegaria que (fervorosa) levanto al Cielo

(Sabios lectores de este blog, sabrán disculpar la ausencia de la crónica de los días con mi amor. Deberán esperar un poco más. Por el momento debo escribir lo que ya casi resulta impostergable...)
Faltan ya pocos días para que el Erario Inagotable (mi Amor, así, con mayúscula) parta.
La idea del mutis (dos meses y días, hasta que yo lo visite en tropicalísima ciudad capital de Centroamérica) me pone en estado de ansiedad y desesperanza.
El mutis mismo me parece insoportable.
La semana pasada, las lágrimas acompañaron a la felicidad no una, sino varias veces.
Desearía diferirlo todo hasta que parta.
Desearía no sentir el dolor que siento, para no provocarle pena.
And yet...
Siempre termino llorando.
¿Será que nunca he dejado de ser el niño temeroso, abandonado y rechazado por los demás?
No me siento a la altura de la persona más noble que jamás correspondió a mis sentimientos más profundos.
Si algo demanda conocer, aprehender y descifrar a las personas, es saber, aceptar y actuar (a sabiendas de) que toda felicidad tiene una cuota de dolor.
Y sin embargo, quisiera evitarle todo sufrimiento...
Algo es seguro.
Gracias a este niño-hombre que vino del otro lado del mundo, tengo esperanza.
Tengo fe.
Tengo confianza.
Tengo la posibilidad de cerrar las heridas que nunca sanaron.
Tengo la posibilidad de ser otro.
Porque (te cito): "Está claro que no sabemos qué va a pasar después, pero creo que hemos superado sobradamente cada etapa y cada reto, y mira que este tipo de relaciones los presentan"...
Porque amar es hacer del otro (de la otredad, algo propio y) algo definido, y del futuro algo indeterminado...
Porque lo sabíamos, y ambos saltamos al vacío, felizmente reconfortados por habernos encontrado, saludado y amado como nunca.
Me declaro formalmente atado a tí.
Que nadie intente buscar algo conmigo en tu ausencia.
Nadie.
Soy tuyo, te pertenezco.
Y no tuviste que tomarme.
Yo me di (entero y soberano) a tí.
Totus tuus.
Eres el amor de mi vida.
Lloro mientras escribo estas líneas.
Dios, se que no he hablado Contigo desde hace mucho tiempo.
Tú que ves mis lágrimas, bendice a mi niño adorado.
Tú que sientes la tensión en mi espalda, confórtalo.
Tú que sabes lo que él significa en mi vida, abrázalo.
Porque pronto habremos de estar separados, para volvernos a reunir...
Merced a Tu gracia infinita, misericordiosa y sonriente.
A tí encomiendo nuestro amor.
Te amo.

19.1.06

Guest blogger (the boyfriend) fills in...

Hey there!

Manuel y yo nos vamos este fin de semana en plan pijo a Houston para... para... pues, para "descansar", dar una vuelta, conocernos más, estar solos, lejos y un poco de shopping =P.

El martes se los regreso.

Abrazo pa' los cuates

El novio.

17.1.06

Desde la casa de mi vida / Chez mon amour

Pues nada, chicos.
Posteo desde el cuarto del niño-hombre que me enseñó un par de cosas.
Lo que es el amor.
Lo que es la vida.

Seguro que nuestro piso será el mayor de los agujeros negros...
Pero no nos importa.
Felizmente enfermos del síndrome de Diógenes.
Felizmente démodés.

Te amo.
En tu casa, en mi casa, donde quieras.

15.1.06

De forma zoomorfa (¡sic!)

El viernes mi muy estimada señora Lanz canceló nuestra cita a las 10 de la mañana: motivos familiares impidieron que (a solicitud y en nombre de mi querida bienhechora) diera por terminado el contrato con Prodigy Infinitum en favor de la diferencia (abismal) de precios que registra el producto de Telmex contra el servicio básico de Cableaccess. Ni tardo ni perezoso, envíele mensajes al mejor de todos los caballeros que he conocido. El suscrito (mi baby, quién más) vino a por mí. Fuimos a Perisur. De inmediato nos dirigimos a realizar trámites en BBVA Bancomer y en HSBC: las últimas transacciones trasatlánticas de mi chico en un viernes (casi quincena) con copiosa asistencia de la cartera de ambas sucursales. Después fuimos a comprar boletos a Cinépolis: confiamos en la siempre oportuna carpeta azul de estrenos y películas exhibidas de la cadena michoacana de cines. Nos decidimos entre una película italiana y una británica: ganó “Yes” (“Sí”), escrita y dirigida por Sally Potter, con las actuaciones de Joan Allen, Sam Neill y Simon Abkarian.

Fuimos a comer. Nuestros pasos (y nuestros estómagos) nos llevaron a Italianni’s, donde paladeamos la insalata campesina, el formaggio con pan, el fetuccini con salmón, un budín de pan, dos vasos de vino rojo con fruta, dos Coca Colas (free refill) y café americano cargado y sin azúcar. Mi chico y yo charlamos. Charlamos de mucho, de cosas que ya pasaron, de cosas que nos ocurren, de cosas que sentimos, de cosas que aún están por venir, de cosas que deseamos, de cosas que teníamos que decir. La única certeza a la que nos aferramos (como náufragos a un tablón del barco recién hundido en un mar huracanado) es que nos amamos, y que tenemos voluntad de que lo que tenemos siga (this is too much perfection for it to be real, this is too much a miracle, for it to be a coincidence, so be it). Una pareja de niñas reparó acertadamente en el inusual vínculo que unía a los dos jóvenes comensales de sexo masculino (nosotros) sentados a sus espaldas, para la clara consternación de dos sufridas madres que parecían haber llevado a un parvulario entero a celebrar el tercer o cuarto cumpleaños de una classmate que ignoraba completamente lo que ocurría a su alrededor. No podíamos dejar de reír: ¿es que acaso amor como el que sentimos no puede ocultarse largo tiempo a los ojos de personitas en potencia?

Nos retiramos. Yo tenía frío: las chamarras aguardaban en la camioneta. Mi chico se veía galán con el saco Mao que me regaló Dussel (fabuloso resabio que se coló entre sus maletas desde Cantón). En El Péndulo, entre ediciones de La Divina Comedia estupendamente ilustradas, novelas de Anagrama y discos DVD de colección, amé más a mi baby.

Confiésolo ahora. Cuando deje de ejercer la profesión académica (todo apunta que la vida de un docente investigador es la que mejor se ajusta a mis planes y proyectos futuros) mi sueño secreto es (la gloria, el mejor de todos mis retiros) tener un café librería. Algo que me gusta es contar (desde) ya con un socio seguro. Baste decir que por ahora se dedica a redimir el alma de alguien que se encontraba perdido y que ahora no cabe en sí por el gozo que ha traído a su vida.

Era tiempo de tomar nuestro lugar en la sala. La película resultó poco menos que extraordinaria. Si bien Potter no escribió todas las líneas de su guión (detectamos algunos sonetos de Shakespeare en voz de Allen y Abkarian), la historia, la música (también de su autoría) y la tensión entre los distintos (y más bien entrañables) personajes persuaden verdaderamente de que las palabras son todo en la vida de algunas (quizá la mayoría de las) personas (me included) y de que no hay tal cosa como un “no” absoluto, puesto que todo acto de vida se afirma y existe, dejando tras de sí rastros, huellas de una realidad que fue y que se decidió a ser.

Después de la película, mi chico y yo entramos en una especie de éxtasis. Creo que somos prueba viviente de que a las células mismas (la base material, corpórea, tangible, el objeto único y último de la ciencia y de todos sus discursos) tienen un destino trazado por una voluntad ingobernable, irreductible, omnisciente, inaprensible (aquello que sólo puede ser entendido a través del amor y de la fe).

Tras sufrir los embates de las hordas de chicos y chicas de secundaria que se dan cita en el vestíbulo del cine para dar prueba de vida a un mundo que sólo los entiende como consumidores (jamás como sujetos), fuimos a Mixup. Vimos películas y discos compactos. Mi baby es (lo digo y no me cansaré de decirlo) el connaisseur de cine más consumado que jamás haya conocido. Tengo un déficit impresionante : el número de películas que ha visto (y efectivamente recuerda) supera con mucho las cuatro (o cinco) centenas. Nos sorprendimos dándonos besos, escuchando un tema de Cinema Paradiso compuesto por Morricone en versión interpretada por Yo-Yo Ma (cello is so sexy), entrelazando los dedos por segundos entre los dependientes de la tienda.

Luego fuimos a Sanborn’s. La sección de libros y revistas muy raras veces pasa por decente: el surtido, la clasificación, la clientela, todo hace que esta sección sea impredecible en cada sucursal de Sanborn’s. La lectura atenta de varios semanarios (Der Spiegel y Voices of Mexico incluidos) matizó apenas los gritos de (adivinen) un grupo de púberes bien dispuestos a hacer de la mosqueada concurrencia una masa informe, tonta y sorda. Mi chico y yo abandonamos Perisur con un boleto de estacionamiento con valor de $95 mediante.

A nuestra corta indecisión siguió nuestra presencia en Plaza Inbursa (la difunta Plaza Cuicuilco), sita en una antigua fábrica de papel que el tino (y mejor rendimiento inmobiliario) de Grupo Carso tuvo a bien restaurar. Fuimos a Beer Factory. Compartimos mesa en el Bar Kokopelli (un mero apéndice menos iluminado del restaurante) con cervezas de arándano, fresa y mango. Picando un plato de maltrechos y picantes nachos, hablamos divertidamente de asuntos de alcoba, cantando entre tanto las melodías que se escuchaban a un volumen no exagerado por los televisores de circuito cerrado. Partimos al despuntar la medianoche. Tras un frustradísimo intento por conseguir un descuento en la cuota del estacionamiento en Sanborn’s (tras la compra de la agotadísima revista Tiempo Libre), salimos a la noche fría y a la luna que (nuestra) nos persigue y acompaña.

La noche. Juguetones, nos tocamos all the way long until we were near my apartment. Transgresores de la ley que nos hemos vuelto (romántica idea, la de forajidos en el medio oeste, baby), intentamos probar el néctar uno del otro. La calle que marca la frontera entre las Torres de Mixcoac y el Wal*Mart sorprende a altas horas de la noche por la asombrosa ausencia de personas y de autos circulando. Pero es siempre el ocasional rondín de una patrulla el que evita que consumemos nuestros deseos. Cómplices y amigos, nos despedimos entre besos y sonrisas.

Es verdad: tenemos quince años, y estamos locamente enamorados.

Hoy nos quedamos de ver en la librería El Sótano. Después de llevarme en un tóper (deformación castellana para el multimentado producto de Tupperware) dos rebanadas del delicioso cheesecake que mi madre Bree hace, y de comprar un litro de jugo de mandarina en una frutería ambulante de Avenida Universidad, llegué con mi chico, que no había desayunado. Nuestro licuado fue la lectura divertida del “Kamasutra gay” de Ediciones Z y de los libros de Rius que Grijalbo publica una y otra vez. Nuestro consistente almuerzo fue la compra de tres libros, dos de ellos regalos simultáneos y cruzadísimos. Baste decir que (ahora que escribo) recomiendo ampliamente la lectura de “Michel Foucault”, biografía escrita por su (cuando menos, admirador seguro) Didier Eribon, el mismo intelectual francés que escribió “Reflexiones sobre la cuestión gay”.

Cada visita a una librería con mi chico es insuperable. Aprovechando el cupón que incluye la entrada al museo Frida Kahlo, nos alistamos para ir al museo Anahuacalli, el museo de singular arquitectura que alberga (el 10% de) las piezas arqueológicas que Diego Rivera coleccionó en vida. Al sorprendernos solos en el amplio espacio destinado al estacionamiento, mi chico y yo no dudamos en saciar la sed que nos asola desde que nos conocimos, sed que sólo nuestros besos apagan para pronto volver a provocar…

Muchas salas del Anahuacalli están siendo restauradas: sólo es posible conocerlo por visita guiada. Esperamos un rato a que empezara la siguiente ronda: vimos entre tanto parte de un documental (baby, excepcional) sobre el barroco en México y visitamos la tienda del museo, comiendo una mandarina y divirtiéndonos con las anécdotas secretariales de sándwiches perdidos, encontrados y (pésimamente) probados cuatro días después de su preparación. Eché de menos la experiencia de perderse a solas por las habitaciones pobremente iluminadas (motivos estratégicos que de sobra conoceréis). Sale sobrando la rítmica cantaleta de la chica que (pobre, en serio no creo que la culpa haya sido de ella) tuvo a bien acompañarnos con sus frases extraídas de la Historia Oficial de México (así, todo con mayúsculas), para la desesperación del pobre germanoparlante que esperaba la traducción repentina de sus interlocutores (y posibles compatriotas) avecindados en México. No obstante, agradezco que nuestro grupo haya sido reducido en número, y ni las guías ni los compañeros de tour (todos mayores de cuarenta años) impidieron el despliegue público de nuestros afectos: nula queja, pues.

Disfrutamos mucho la visita. Mi baby gustó mucho del museo. Yo sentí que la terraza no estuviera abierta: es ahí donde se comprende la intención original de Diego (…) Estanislao Rivera al erigir la casa en una ubicación privilegiada en el Valle de Anáhuac, el Único Mundo. En fin. Salimos al sol quemante. Fuimos a comer tacos de carnitas (maciza, SVP) con salsa esmeralda y quesadillas (de queso, que conste que tal construcción ya dejó desde hace tiempo de ser redundante) en la barra de las Carnitas de Michoacán, todo apurado con vasos de agua de horchata. Llamóme poderosamente la atención que el administrador (quizá hasta propietario) del local tuviera facciones bien porcinas… División del Norte y Miguel Ángel de Quevedo tenían algo de tráfico. Mi baby y yo platicamos de todo. Nuestro logos me resulta absolutamente fascinante.

Serios. Divertidos. Solemnes. Sarcásticos. Démodé.
Como adultos. Como jóvenes. Como niños.

Cada día que paso con mi chico es insuperable.
Y sin embargo, cada día nuevo me demuestra que lo mejor está aún por llegar.

Mensaje personalísimo, cual paloma mensajera
There’s only yes
There’s not such thing as no
There’s only love
Te amo